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TRASTORNOS GENERALIZADOS DEL DESARROLLO. AUTISMO Los criterios del DSM-IV y del CIE-10 definen, bajo el epígrafe de Trastornos
Generalizados del Desarrollo, una serie de cuadros clínicos que clásicamente se habían
diagnosticado como psicosis infantiles. El trastorno autista sería el más
característico.
El nombre de "cudros psicóticos infantiles" aplicado a estos síndromes es
poco realista. De hecho para diagnosticar un cuadro clínico como psicosis o como
esquizofrenia debe tratarse de un cuadro delirante o alucinatorio con unos criterios muy
concretos (entre ellos: ideas delirantes, alucinaciones, pérdida de la capacidad
asociativa, catatonía) lo cual es raro en la infancia. Antes de los 3 años las psicosis
infantiles se parecen mucho al autismo, y solamente las de inicio más tardío tienen una
mayor similitud con la esquizofrenia del adulto. La evolución, con la aparición de
síntomas delirantes o alucinatorios, nos va a marcar la diferencia.
De todas formas, algunos profesionales de la psiquiatría gustan de emplear la
terminología de "niños psicóticos", o de niños con "estructuras
psicóticas de personalidad". Nuestra elección ha sido clara en el sentido de
adoptar las terminologías del DSM y de la clasificación ICD, por lo que excluiremos el
nombre de psicosis en este epígrafe.
El trastorno autista fue descrito inicialmente por Leo Kanner en 1943, a partir de su
observación de 11 niños en la Clínica Psiquiátrica Infantil John Hopkins. El informe
inicial ponía el énfasis en la incapacidad para desarrollar interacciones con otras
personas, aislamiento afectivo, insistencia en las actividades habituales (con demanda
más o menos compulsiva de la invariabilidad del entorno) y la presencia de algunas
habilidades específicas que podían resultar paradójicas en niños con limitaciones. Por
este mismo tiempo Hans Asperger, en la clínica Pediátrica Universitaria de Viena,
preparaba su tesis doctoral sobre el mismo fenómeno, utilizando también el término
"autismo". De hecho, el nombre pertenecía a la psicopatología clásica y se
empleaba para definir algunas características propias de los pacientes esquizofrénicos.
El caso de Kanner más veces invocado (Donald) vino a resultar un prototipo
diagnóstico, siendo el paradigma de muchas de las falacias clásicas acerca del autismo,
como, por ejemplo, la "normal inteligencia" de los autistas, o su
"tendencia a poseer habilidades especiales". Donald, por ejemplo, a los 2 años
cantaba y entonaba melodías de oído.
A partir de ahí aparecieron abundantes descripciones, junto a discusiones para
delimitar cuáles serían los rasgos definitorios del trastorno. Rutter (1966) y Rutter y
Lockyer (1967), mediante un programa de investigación con esta finalidad, establecieron
tres grandes áreas de afectación, que -a grandes rasgos- se han ido repitiendo en
diversas publicaciones psicopatológicas y que prácticamente son las que, al cabo de los
años, recoge en sus criterios el DSM-IV:
1. Fracaso profundo y global de la relación social caracterizado por ignorar
los sentimientos de los demás, anómala busca de apoyo en circunstancias de estrés (ej.:
no solicitar ayuda al hacerse daño), dificultad (o incapacidad) para imitar gestos y
acciones, anomalía (o ausencia) en cuanto a juegos sociales, déficit considerable en la
capacidad para hacer amigos.
2. Retraso en la adquisición del lenguaje, falta de adquisición y/o alteraciones
en su implantación. Los síntomas acompañantes son: anómala comunicación extraverbal
(ausencia de gesto, mirada, expresión...), ausencia de actividad imaginativa, anomalías
graves en la producción del habla (alteraciones del volumen, tono, frecuencia, ritmo,
entonación), uso repetitivo y estereotipado del lenguaje, inversión pronominal
("tu" en vez de "yo"), deterioro en la capacidad para mantener o
desarrollar una conversación.
3. Conductas ritualistas y compulsivas que traducen un amplio trastorno de intereses y
actividades: movimientos corporales estereotipados, preocupación excesiva por
detalles o formas (ej: olfatear objetos, examinar repetidamente la textura de un objeto o
uno de sus detalles), vinculación a objetos peculiares (por ejemplo, llevar siempre
encima un trozo de cuerda), obsesión por la invariabilidad del entorno con malestar ante
pequeños cambios, insistencia en seguir rutinas, restricción en el conjunto de intereses
con preocupación excesiva por algunas finalidades concretas e ilógicas, conductas
autolesivas.
En el caso de que estén presentes solamente algunos síntomas, en una o dos de esas
áreas, el DSM-IV recomienda diagnosticar el caso como "trastorno del desarrollo no
especificado", reconociendo que este tipo de casos "no completos" son más
frecuentes que el trastorno autista propiamente dicho. Desde un punto de vista práctico,
las exploraciones a efectuar son las mismas y, en cuanto al tratamiento, pueden
considerarse como casos leves de autismo.
Es frecuente que los padres informen acerca de una total normalidad del niño hasta un
momento determinado (por lo general antes de los 30 meses), aunque a veces se refiere el
inicio hacia los 4-5 años. Es muy difícil evaluar retrospectivamente el inicio real, a
menos que se nos aporten datos objetivos acerca de la evolución referida a lenguaje,
socialización y juegos. Es probable que a algunos padres (de hijos únicos, por ejemplo)
se les pasen por alto los síntomas iniciales (o no los quieran ver). En tales ocasiones
el cuadro clínico queda en evidencia cuando el niño empieza a acudir a la escuela y se
le puede comparar con otros niños de su misma edad. Recordemos nuestra exposición del
capítulo 1 acerca del experimento de Kellog & Kellog sobre la comparación entre un
niño y un simio durante los primeros meses de vida: el mono adelantaba en maduración al
bebé humano hasta los 13-14 meses de vida. Si los esposos Kellog, anotando minuciosamente
los datos, no percibían diferencias objetivas (aparte de la apariencia física, como cabe
esperar) entre el desarrollo de su hijo y del primate, cuánto más sujeto a error debe de
estar el criterio de los padres de niños autistas que aseveran con firmeza que sus hijos
fueron normales durante el primer año de vida.
Kanner sugirió en su trabajo inicial que el C.I. de los niños autistas era normal.
Otra falacia. Actualmente se considera que hasta un 80 % de niños autistas tienen un C.I.
inferior a 70. De la misma forma, la situación es similar en modo recíproco: hasta el 84
% de niños afectos de retraso mental profundo son poseedores de rasgos autistas. Es
posible que algunos autistas den el perfil del "débil mental oculto", con una
cifra de C.I. normal o cuasi normal, a causa de un buen rendimiento en tareas mecánicas o
de memoria, en tanto que con bajo rendimiento en pruebas que miden pensamiento abstracto,
capacidad para formar conceptos, etc. En la película Rain Man, Dustin Hoffmann
interpreta a un autista típico en cuanto a su contrariedad para comunicarse y para
entender el mundo que le rodea, pero con una capacidad específica muy desarrollada: la
pericia para calcular mentalmente. La incomunicación del autista está bien reflejada en
el film, magistralmente interpretado por Hoffmann, aunque la idea del "autista
superdotado en según qué" sigue sin ser el paradigma real de esta devastadora
minusvalía.
Otros síndromes asociados
En el DSM-IV (edición provisoional) se señalan tres cuadros clínicos que no estaban
presentes en ediciones anteriores:
1. Síndrome de Rett. Se caracterizaría por un normal desarrollo durante los 6
primeros meses (tanto psicomotriz como estaturoponderal) pero con la aparición, entre los
5 y los 48 meses, de los siguientes síntomas y signos: detención o retraso del
crecimiento del diámetro craneal, movimientos estereotipados de las manos, disminución
de la capacidad para la interacción social, movimientos incoordinados del tronco y grave
retraso psicomotriz y de lenguaje (receptivo y expresivo).
2. Trastorno desintegrativo del niño. El desarrollo habrá sido normal hasta los
dos años, incluyendo los aspectos de lenguaje. A partir de ese edad aparecen trastornos
propios de los retrasos generalizados del desarrollo, que son definidos de la siguiente
manera:
Alteraciones en al menos dos de las siguientes áreas: a) lenguaje expresivo o
receptivo, b) habilidades sociales o conducta adaptativa, c) control vesical o intestinal,
juegos, motricidad.
Se definen también como criterios las anormalidades cualitativas de relación social
(comunicación estraverbal, relaciones interpersonales, expresión de emociones,
reciprocidad y empatía), anormalidades cualitativas de comunicación (detención o no
aparición del habla, dificultad para sostener conversaciones, repeticiones,
estereotipias, lenguaje idiosincrásico, trastorno en el juego simbólico o de
imitación).
Por último, los criterios referidos a conducta, intereses alterados, actividades
motrices alteradas (incluyendo estereotipias y manierismos).
3. Síndrome de Asperger.
Recordemos que Asperger definió el autismo (en Viena) al mismo tiempo que Kanner, y su
inclusión en el manual normativo norteamericano parece una especie de desagravio. No se
le concede código numérico, pero algo es algo. La descripción incluye:
Deben aparecer trastornos cualitativos de interacción social: deficiente conducta
extraverbal, bajo nivel de relación interpersonal, dificultad para expresar alegría o
participar en la de otros, difícil interacción. La existencia de retraso cognitivo y
retraso de lenguaje, completa el síndrome, que, para ser diagnosticado, requiere un
último criterio: no cumplir los criterios que permitirían diagnosticarlo como autismo.
Incidencia
Aplicando los criterios estrictos de Kanner aparece el autismo en 4 de cada 10.000
nacimientos (Frith, 1993), pero si empleamos los criterios actuales más amplios, aparece
con la misma reiteración que el síndrome de Down: entre 1 y 2 casos por cada 1000
nacimientos. La proporción es de 2 a 4 veces más frecuente en varones.
¿Qué sabemos acerca de la etiología?
No existe una certeza acerca de la etiología del autismo: anomalías en el ambiente
familiar (padres fríos, alejados, poco receptivos a las primeras demandas del niño),
trastornos neurológicos, trastornos bioquímicos en procesos del SNC, etc. han sido
invocados por diversos autores, con pruebas más o menos sólidas.
Hoy en día parece poco consistente remitirnos a etiologías psicogenéticas, según
las cuales la relación con unos padres fríos y alejados afectivamente (especialmente si
es la madre) crea en el niño una sensación insalvable de rechazo y su
"encierro" en una campana de cristal como mecanismo de defensa. Tal poética
descripción ha contribuído a crear esplendentes sentimientos de culpa en las madres de
los autistas, pero no tiene el más pequeño soporte epidemiológico, ni, mucho menos,
científico. La pena es que la violenta inculpación a las madres y/o padres resulta un
atroz precio neurótico que ellos pagan a cambio de recibir la inverosímil esperanza que
esta falaz creencia comporta: el proceso es reversible si conseguimos vencer las defensas
psicológicas psicóticas que el niño ha desarrollado para protegerse de sus
esquizofrenógenos progenitores.
Esta urdimbre teórica no presenta ninguna comprobación empírica ni científica. Ello
ha llevado a los investigadores a profundizar en las posibles causas biológicas por daño
de alguna estructura cerebral. Los datos a favor son los siguientes: concomitancia del
autismo con algunas entidades orgánicas (rubeola materna, retrasos mentales por
anomalías cromosómicas como el síndrome de fragilidad del cromosoma X, tuberosis
esclerosa, lesiones cerebrales perinatales y crisis convulsivas). Lo mismo cabe decir
acerca de su mayor incidencia en gemelos idénticos así como la posibilidad de que el
autismo se repita en miembros de una misma familia (50 a 100 veces mayor de lo esperable
por simple azar).
Kaplan y Sadock (1990) consideran rotundamente que el autismo es un fenómeno
orgánico, basándose en la acumulación de datos anteriormente citados. No habría una
localización específica para la lesión cerebral, si bien habría implicaciones en
cortex, cerebelo, tronco cerebral y sistema vestibular. Las pruebas neuropsicológicas
sugieren que existe una afectación muy similar a las que vemos en pacientes con lesiones
frontales (deficit en planificación, iniciativa y producción espontánea de nuevas
ideas). El EEG muestra a menudo anormalidades sin focalidad. La TC es anormal en un 25 %
de los casos, mientras que la RM craneal evidencia frecuentemente dilatación ventricular.
La tomografía por emisión de positrones (PET) desveló un aumento del metabolismo de la
glucosa en el lóbulo frontal en una muestra de sujetos autistas. Algunos subgrupos
presentan niveles anormales de neurotransmisores o de sus metabolitos en el LCR.
Sea como sea, parece que lo más razonable es referirse al probable origen bioquímico,
habida cuenta que las teorías psicogenéticas, aparte de culpabilizar a los padres, no
aportan soluciones válidas para el tratamiento. Uta Frith (1993), de la Unidad de
Desarrollo Cognitivo del Consejo de Investigaciones Médicas (Inglaterra), sostiene que la
característica cognitiva básica de los autistas es su incapacidad para juzgar estados
mentales, y para "pensar sobre el pensamiento". Un ejemplo: el niño autista es
incapaz de entender un engaño, porque para él las cosas son tan eminentemente concretas
que no le es posible apreciar pros y contras, ni las dos caras de la moneda. En una de sus
investigaciones, los niños autistas ven una escena teatral en la que un personaje esconde
la muñeca de una niña en un cajón, mientras la dueña de la muñeca, que la había
dejado dentro de la cama, está ausente. Al ser preguntados los sujetos acerca de
"dónde buscará la muñeca su dueña cuando vuelva", dieciseis de veintidos
niños autistas con edad mental similar a 9 años contestaron que "en el
cajón". No pudieron idear la posibilidad de que la dueña de la muñeca pensara algo
que no era cierto (esta prueba se supera habitualmente por la generalidad de niños
normales a los 4 años).
Experimentos similares en otros laboratorios confirman plenamente la incapacidad de los
autistas para comprender estados mentales, lo que supone un amplio conjunto de
consecuencias para gran cantidad de procesos cognitivos, pues comporta la nula capacidad
de la mente para reflejarse a sí misma (pensar sobre el pensamiento). Frith concluye que
la clásica triada del autismo (comunicación, imaginación, socialización) deriva de un
único mecanismo cognitivo dañado, lo que supone un dato más para avalar la probable
base biológica del trastorno.
Tratamiento
El tratamiento debe basarse en medidas educativas: técnicas de estimulación de las
áreas subdesarrolladas (relación social, lenguaje, intereses). Dan un mejor resultado
las que se basan en técnicas de modificación de conducta. Tal y como decíamos al hablar
de retraso mental, es posible efectuar tales tareas en centros especiales para autistas, o
bien integrando a los niños en una escuela normal. Las características de los niños y
las posibilidades de hallar escuelas adecuadas en su ambiente próximo son las variables a
manejar para decidir una u otra actuación. Medidas farmacológicas específicas no
existen. En la tabla 2.1. exponemos las posibilidades actuales. Las medidas psicológicas
se deben plantear como apoyo a la labor pedagógica especial. Es interesante hacer una
terapia de apoyo a los padres de niños autistas, a la vez que se les imparten enseñanzas
acerca de las técnicas de adiestramiento que deben emplear en la educación de sus hijos.
Pronóstico
El pronóstico del autismo es extremadamente variable. Depende del grado de gravedad
(cuántos más síntomas existan peor será el pronóstico) y de la respuesta que presente
el niño a la estimulación. Los autistas, a lo largo de la vida, pueden llegar a una
adaptación considerada aceptable. Pueden incluso mantener un contacto social, mínimo
pero gratificante, en ambientes bien estructurados, especialmente en el seno de la familia
si ésta aprende a relacionarse con ellos sin rechazos ni renuencias. Tal adaptación
depende, en cada caso concreto, de sus particularidades especiales. Los más brillantes
intelectualmente llegan a tomar amarga conciencia de sus limitaciones, y, aún a pesar de
sus esfuerzos, rara vez logran sentirse seguros de sí mismos o llegan a mantener
contactos sociales amplios. Los menos brillantes, y aquéllos con mayores trastornos de
conducta, pasan a engrosar la siniestra nómina de enfermos crónicos, parecidos a
esquizofrénicos defectuales, alternando fases de agitación y agresividad con otras de
embotamiento afectivo y sedación extrema provocada por el inevitable uso de
neurolépticos, así como su frecuente internamiento en centros manicomiales de cuidados
mínimos.
| Tabla |
| Fármacos de posible
empleo en el autismo |
| Fármaco |
Dosis |
Efectos secundarios |
Comentarios |
| Haloperidol u otros
neurolépticos |
1-16 mg/día de
haloperidol 1-40 mg/día de trifluoperazina
15-200 mg/día de tioridazina |
Sedación. Distonías.
Discinesia. Aumento de peso. síntomas extrapiramidales. Discrasis sanguíneas. |
Solamente útiles como
sedantes, en casos de agresividad, agitación, etc. |
| Fenfluramina |
1-1.5 mg/kg/día |
Pérdida de peso.
Irritabilidad. mareos. Diarrea. |
Baja el nivel de
serotonina en plasma. No es efectivo en todos los casos, pero algunos autistas responden
bien en cuanto a disminuir la agresividad. |
| Antagonistas de los
opiáceos |
0.5-2 mg/kg/día |
Somnolencia. Agresividad.
Posible hepatotoxicidad. |
Posible disminución de
conductas autoagresivas. |
| Litio |
600-2100 mg/día; mantener
nivel plasmático entre 0.6-1.2 mEq/l |
Temblor. Aumento de peso.
Cefalea. Posible toxicidad renal. |
Coadyuva cualquier otro
tratamiento antiagresivo. |
| Eltoprazina |
|
|
En estudio. Es un agonista
parcial de la serotonina. Reduce las conductas agresivas. |
| ß-bloqueadores |
|
|
En estudio |
CONDUCTA A SEGUIR (AUTISMO)
1. Ante la sospecha de autismo hay que efectuar una valoración sindrómica,
basándonos en los criterios diagnósticos antes descritos. La presencia de trastornos en
las tres áreas clave (relación social, lenguaje, actividades e intereses) debe orientar
al diagnóstico de autismo, y -en caso de haber únicamente signos aislados- de trastorno
no especificado del desarrollo.
2. Si la sospecha sigue es necesario que intervengan los especialistas (psicólogos o
psiquiatras) para caracterizar el caso mediante exploración psicométrica, exploración
de lenguaje y evaluación sistemática de la conducta.
3. Es pertinente agotar las exploraciones (genéticas, neurológicas,
neurofisiológicas) para investigar la presencia de cuadros acompañantes (epilepsía,
fenilcetonuria, etc.)
4. Si se comprueba el trastorno, es pertinente explicar a los padres que se trata de un
trastorno orgánico, y advertirles acerca de las falacias de inculpación con que pueden
encontrarse. Vale la pena ponerles en contacto con alguna asociación que integre a padres
de niños autistas, comprobando primero que sus conceptos acerca de la enfermedad son los
de organicidad. Tales asociaciones sin afán de lucro, poseen una excelente asistencia
social que puede orientar a los padres acerca de las posibilidades de tratamiento,
educación especial, etc., que mejor se ajuste a sus necesidades y a sus circunstancias.
5. En casos con capacidad intelectual límite (C.I. entre 65-75 y 80-85), es viable la
educación integrada en una escuela normal. Sobre el papel la integración es una
hipótesis impecable, pero no olvidemos que más de una escuela ya tiene dificultades para
programar la educación de niños normales, por lo que mal puede integrar casos
especiales. Una escuela con posibilidades de integración no debería tener más de 25
niños por clase, así como contar con el pertinente apoyo de maestros dedicados a la
pedagogía terapéutica, y a ser posible especializados en el tratamiento de niños
autistas.
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