Nadar por deporte, o
simplemente por placer, es satisfactorio. Pero si alguien, por cualquier causa, queda con
la cabeza dentro del agua, y no la puede sacar en el tiempo adecuado, puede sufrir un
accidente por asfixia, que, en casos graves, comporta la muerte.
¿Cuál es el tiempo adecuado para sacar la cabeza del agua? Es muy
variable. En los mamíferos, como el ser humano, la inmersión en agua (especialmente si
es fría) provoca el llamado reflejo de buceo que hace ir más despacio al
corazón, al tiempo que cierra las arterias de la piel, con lo que la sangre se impulsa al
cerebro y al corazón. Ello permite supervivencias aún en inmersiones prolongadas, más
allá de 15 minutos. La necesidad de oxígeno disminuye por el frío, lo que alarga el
posible tiempo de supervivencia. En agua templada, o caliente, el tiempo de supervivencia
puede ser mucho más corto, de pocos minutos.
Un riesgo, cuando una persona se está ahogando, es que se le cierre
bruscamente la laringe para evitar el paso de agua al pulmón, con el escollo que esto
supondría en caso de sacar la cabeza del agua y no poder respirar a causa del espasmo de
la laringe.
Otro riesgo, de signo contrario, es que el cerebro desesperado dé la
orden de respirar aún cuando todavía estamos bajo el agua. La entrada de agua en los
pulmones también sería una catástrofe.
El reflejo de buceo puede quedar interferido si la persona lleva un
traje isotérmico. De hecho, estos trajes deberían llevarse únicamente por profesionales
o por aficionados muy conocedores de lo que son los peligros del agua. A finales del
pasado mayo falleció una persona en el río Noguera Pallaresa al volcar la barca en que
practicaba "rafting". El traje isotérmico, en estos casos, es un arma de dos
filos. Por una parte favorece la flotación y protege del frío. Pero, si la persona sufre
un golpe en la cabeza con una roca del río y queda inconsciente, la falta de frío
bloquea el reflejo de buceo y favorece el ahogamiento si la cabeza queda debajo del
agua.
Si la persona traga grandes cantidades de agua, los peligros también
son graves. Especialmente si se trata de agua dulce la cual se absorbe por el intestino y
es eliminada rápidamente por el riñón pero causando graves desequilibrios. El agua de
mar, al contener sodio, causa menos problemas en este sentido. Muchas personas que mueren
en el agua no lo hacen por ahogamiento, sino por desequilibrio del riñón y brusco fallo
cardiaco tras haber ingerido un exceso de líquido.
El tratamiento de cualquier víctima de ahogamiento debe ir encaminado,
en el primer momento, a provocar la reanimación con boca-a-boca, empezando, si conviene,
dentro del agua. Si el agua es dulce, no hay que perder el tiempo intentando eliminar la
del pulmón, pues se reabsorberá sola. Si el agua es salada, colocar al ahogado boca
abajo ayudará a drenar el líquido. Es importante contar rápidamente con personal de
auxilio y con material para la respiración asistida. Entretanto, se debe realizar en
forma continua la respiración boca a boca y el masaje cardíaco.
La prevención de todos estos casos es el sentido común.
No nadar en el mar si las condiciones son inadecuadas. No agotarse yendo mar adentro.
Nadar en grupos, y que al menos una de las personas sea experta en natación y en
socorrismo. Evitar comer antes de nadar; el corte de digestión no es excesivamente
peligroso, pero a nadie le resulta grato marearse y vomitar mientras está nadando. Por
otra parte, comer antes de nadar favorecería el síncope (pérdida de conciencia) debido
al esfuerzo, porque la sangre corporal, y por tanto el oxígeno, deberían repartirse
entre el cerebro y el sistema digestivo. Los niños deberían ir siempre con alguna
protección tipo chaleco salvavidas, y estar siempre dentro del campo visual de los
adultos. En los ríos hay que extremar las precauciones, especialmente si hay aguas bravas
o remolinos. En deportes de aventura, tipo rafting, no hay que meterse a menos que uno
conozca muy bien qué es un río y qué bromas gasta. Y si alguien, no versado en estas
cosas, aún así, quiere pasar la agradable emoción, hágalo en verano, cuando las aguas
están más mansas que en mayo. En verano, el rafting es más fácil, pero cuando uno se
mete en el río ha de tenerle un inmenso respeto: la garantía total no existe. Un factor
de prevención adicional, en estos casos, es el seguro de vida que uno contrata
automáticamente al inscribirse en un deporte de aventura, tras firmar un papel en que
admite saber que pone en riesgo su vida y que exculpa a los monitores por cualquier
accidente que se produzca.