  
Introducción a los métodos
educativos
Analizaremos en este apartado las
conductas más adecuadas para ser empleadas si queremos encauzar el
comportamiento de los chicos y chicas.
En primer término valoraremos el
efecto de los castigos. Las conductas que suponen un castigo son empleadas muy
frecuentemente por todos los padres del mundo a la hora de educar a sus hijos.
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Castigo
Entendemos
como castigo cualquier acción que implique mostrar descontento con los
comportamientos de alguien. Por lo tanto cuando hablamos de castigo no nos
referimos necesariamente a los castigos físicos. De hecho son muy numerosas las
conductas que entran dentro de la categoría de actos de castigo. Los castigos
más habituales son los que suponen una descarga momentánea: gritar, reñir,
inculpar, poner mala cara, etc.
¿Por qué las conductas de castigo son
tan frecuentes? Veámoslo:
-
Los padres castigan con
frecuencia, porque el efecto inmediato de los castigos es muy bueno.
Generalmente los niños obedecen y dejan de hacer "fechorías" en el mismo
momento en que se les grita, amenaza o pega. Es probable que estuvieran sin
hacer caso de las advertencias efectuadas en tono de voz normal, o que
estuviesen incumpliendo una orden, y que apenas se les gritó o amenazó
hiciesen lo que se les mandaba.
-
Pero sucede que el efecto de los
castigos es momentáneo. Por lo general, los padres que castigan a sus hijos
se quejan de que el niño no aprende por más que lo castigan, y que deben
castigarle una y otra vez. "Por más que le castigo sigue con su mal
comportamiento" y "No tengo más remedio que acabar castigándole cada día"
son frases que estamos acostumbrados a oír.
-
Esto es así porque EL
CASTIGO NO GRABA CONDUCTAS. Un castigo es un factor que permite que
una conducta disminuya de frecuencia MIENTRAS SE APLICA
el CASTIGO,
pero que, de la misma manera, hace que la conducta indeseada AUMENTE
CUANDO EL CASTIGO CESA.
-
Cuanto estamos diciendo es
importantísimo para explicar los mecanismos por los cuales se aprenden
normas de conducta. Un ejemplo sangrante de lo que venimos diciendo es el
efecto de las cárceles. El castigo carcelario sirve para que los malhechores
no cometan delitos contra la sociedad MIENTRAS ESTÁN EN LA CÁRCEL.
Pero de todos es sabido que los maleantes no salen de la cárcel hechos
precisamente unos angelitos del Señor, y que es más que probable que
nuevamente cometan transgresiones tan pronto como se crean en condiciones de
hacerlo.
-
Con relación al castigo (a
cualquier castigo) se producen seis hechos inexorables:
-
Como que el efecto es
momentáneo, la conducta castigada se presentará nuevamente, en uno u otro
momento.
-
Como que los padres notan
que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, se sienten
"recompensados" y tienden a castigar... cada vez más, y cada vez con mayor
energía, pero con igual inutilidad en cuanto a resultados a medio o largo
plazo.
-
El niño va aprendiendo a
hacer cada vez mejor sus travesuras (aprendiendo a ocultarlas); no mejora
su conducta, pero aprende a evitar el castigo. Lo mismo sucede en los
malhechores que, en sus periodos carcelarios, aprovechan para "doctorarse"
en delito y aprender a cometer mejor sus desmanes, para que no les echen el
guante.
-
De la misma forma, el niño
va haciéndose insensible a los castigos (como un mecanismo de defensa ante
ellos). ¡Cuántos padres comentan que el niño parece tomar a broma los
castigos! Y no es que el niño los tome exactamente a broma, sino que
intenta demostrar a quienes le castigan que por ahí no van las cosas. En el
fondo tiene razón; pero quienes le castigan, muchas veces, no vislumbran
mejor solución que aumentarle el grado de los castigos "a ver si aprende de
una vez". Sin tener en cuenta que el castigo no hace aprender nada, de nada,
de nada, excepto en cuanto al hecho de que quien los sufre aprende a
escabullirse de ellos.
-
Sean o no físicos los
castigos, estamos induciendo un aumento de la agresividad de los niños. Les
damos un ejemplo de que "cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir
contra él" lo cual provocará indudables derivaciones indeseables.
Recordemos que hay castigos "morales" (culpabilidad por ejemplo) que
pueden hacer tanto o más daño que un castigo físico, provocando una mayor
agresividad en el niño/a.
-
Se deterioran las relaciones
entre padres e hijos. Este hecho, que puede ser poco evidente en niños
pequeños, será la causa de gran cantidad de las llamadas "crisis de
adolescencia". No olvidemos que en la adolescencia "los niños nos
devuelven aquello que les hemos dado". Si les hemos sometido a técnicas de
disciplina mediante castigos (en lugar de enseñarles a conseguir una
autodisciplina) en la adolescencia van a aprovechar para "devolvernos la
pelota" y envolvernos en disputas, peleas, o conductas peores...
¿Cuáles son las conductas adecuadas
para ser empleadas en lugar de los castigos? Consideraremos ahora las técnicas
para conseguir que los niños dejen de hacer actos inadecuados, sin tener que
recurrir al castigo.
Lo que nos interesa es que aprendan
nuevas pautas de comportamiento, de manera que a la larga varíen su conducta de
acuerdo con nuestros deseos. Por lo tanto, deberemos olvidarnos del efecto
momentáneo (el único que obtenemos con los castigos) y nos centraremos en buscar
efectos duraderos a largo plazo.
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Son las técnicas que nos van a servir
para este objetivo de conseguir efectos estables. En esta vida, todos los
humanos tendemos a realizar aquellas cosas en las que hallamos una compensación,
en tanto que evitamos aquéllas que nos suponen un esfuerzo o una dificultad no
compensada. Si nos molestamos en recompensar las conductas de nuestros hijos
que queremos ver "implantadas", lograremos que tales conductas representen para
ellos algo satisfactorio, que les depara
compensaciones.
Las leyes que rigen el aprendizaje
humano son inexorables. En esta vida aprendemos a realizar aquellos
comportamientos que nos rinden algún beneficio, sea este material, moral o
neurótico. Con nuestros hijos sucede exactamente igual: aprenden a realizar
aquellos comportamientos que les deparan alguna compensación o, lo que es lo
mismo, que les sirven para algo. Teniendo en cuenta que nosotros monitorizamos
el aprendizaje del comportamiento de nuestros hijos (o que deberíamos hacerlo),
tenemos en nuestras manos conseguir que nuestros hijos aprendan uno u otro
comportamiento, interioricen unas u otras normas. Pero para
ello, debemos conseguir que el aprendizaje de tal o
tal conducta, vaya a depararles un beneficio. En otras palabras: aprenderán lo
que nosotros sepamos recompensar.
El principal obstáculo para que
nuestros hijos desarrollen unos comportamientos adecuados, está en nosotros
mismos y en nuestro modo de compensar sus conductas. Por ejemplo:
-
Queremos hijos autónomos,
que tomen decisiones por su cuenta y que sepan responder adecuadamente a las
demandas que la vida les plantea. En cambio, castigamos sus iniciativas si
no están de acuerdo con nuestra particular manera de ver la vida; les
reñimos si hacen cosas sin consultarnos o si actúan sin pedirnos permiso.
¿La consecuencia? Que nuestros hijos prefieren ser dependientes porque les
supone mucho menor riesgo.
-
Queremos que nuestros hijos
tengan ilusión por hacer los trabajos escolares y que no tengamos que
acuciarles para que estudien, hagan sus problemas... etc. En cambio, no
comprobamos fehacientemente la pertinencia de los planes de estudios a que
están sometidos, ni la capacitación de los docentes que los imparten. ¿El
resultado? Una tasa de FRACASO ESCOLAR que se halla entre las más altas del
mundo. Hoy en día nadie enrojece al presentar cifras de fracaso escolar por
encima del 30 % (¡o del 60 % para bachillerato!).
Y, sin embargo, tales cifras nos obligan a pensar que "algo huele mal" en la
planificación de la educación.
-
Queremos que nuestros hijos
no lloren, ni griten, ni hagan pataletas, ni se pongan tozudos cuando
quieren salirse con la suya en un tema que no es de recibo. En cambio,
acostumbramos a darles lo que quieren "para que se callen y nos dejen
tranquilos". ¿El resultado? Los niños cada vez gritan más, lloran más y
patalean más, porque aprenden que es un método interesante para llegar a
salirse con la suya.
-
Queremos unos hijos
autoafirmados, seguros de sí mismos, satisfechos, audaces. Pero les
recordamos constantemente que son unos pesados, que nos molestan, que por su
culpa estamos todos nerviosos, que deben consultar antes de hacer algo, que
no hay que correr riesgos, que los niños deben hacer únicamente lo que
mandan los mayores, que deben callarse cuando los mayores hablan. En
consecuencia obtenemos niños dependientes, con dificultades para afrontar
problemas o para poner en marcha sus propios recursos.
-
Queremos que sean
independientes, pero les acostumbramos a esperar la aprobación de los demás
y les exigimos que su comportamiento sea tal que todo el mundo les quiera.
El resultado es que conseguimos unos hijos dependientes, pasivos, que no se
atreven a hacer nada si no tienen toda la seguridad de que van a hacerlo
bien (con lo cual, cada vez hacen menos cosas). Buscan aprobación y
beneplácito, sin darse cuenta que es imposible que todo el mundo les acepte
en cada momento, y sintiéndose desgraciados por no conseguirlo.
-
Queremos que nuestros hijos
emprendan cosas, afronten obstáculos, se esfuercen por luchar. En cambio
premiamos únicamente el éxito y les exigimos perfección en todo aquello que
hagan sin pensar que el fracaso es algo inherente a la naturaleza humana, y
que es imposible ser irremisiblemente perfecto. El resultado es una mala
tolerancia a las frustraciones y poca capacidad para tomar decisiones o para
asumir riesgos.
En todos
los casos, los niños no se portan mal por ignorancia, o por desidia, o por
maldad. Se comportan tal como el sistema de recompensas existente les ha
enseñado a comportarse. Dadas las circunstancias es muy posible que nosotros
nos comportásemos exactamente igual que ellos si nos pusiéramos en su lugar.
Analicemos nuestra propia actuación.
¿No es posible que hayamos caído más de una vez en algunos de los siguientes
errores?
-
Necesitamos mejores
resultados, pero no controlamos el trabajo diario con una política de
objetivos. Prometemos al niño un premio si "aprueba a final de curso", pero
no comprobamos los resultados de sus esfuerzos diarios, recompensándolos
debidamente.
-
Demandamos un ambiente de
armonía entre nuestros hijos, pero "prestamos atención" (es decir,
recompensamos) a los que chillan más para pedir cosas o a los que se
muestran más celosos, de acuerdo con el principio de que "quien no llora no
mama".
-
Exigimos un trabajo
cooperativo, pero al final alabamos a quien más se ha lucido y olvidamos a
los demás.
-
Exigimos creatividad y
brillantez, pero penalizamos a los que corren riesgos, y recompensamos a los
rutinarios que siguen las pautas de siempre al pie de la letra.
-
Aconsejamos a los niños
independencia de criterios en sus trabajos, pero reprimimos a quienes osan
discrepar y discutir nuestras ideas.
La mejor solución para mejorar las
conductas de nuestros hijos es establecer la relación adecuada entre el
rendimiento y la recompensa. El éxito, debe medirse en términos de
comportamiento. Si recompensamos el comportamiento correcto, obtendremos el
resultado correcto. Dejemos de hacerlo, y obtendremos resultados imprevisibles,
cuando no contraproducentes.
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¿Qué es una recompensa?
De entrada definiremos lo que es una
recompensa: es cualquier contingencia que permitirá aumentar la frecuencia
del comportamiento al cual lo apliquemos. Se espera que una conducta
recompensada aumente de frecuencia. Si lo hacemos bien, y recompensamos las
conductas de que nos interesan, lograremos que dichas conductas aumenten de
frecuencia.
Si
recompensamos adecuadamente las conductas que queremos ver reproducidas, no
tendremos que molestarnos en castigar las conductas que nos estorban.
¿Cuáles
son las recompensas que suelen dar mejor fruto?
Muchos padres suelen asociar la idea
de recompensa a la de un
"bien material". Pero, en la realidad, las recompensas más eficaces son las más
inmateriales: el elogio, la atención, el afecto, la compañía, suelen ser las más
económicas y rentables.
Cabe decir que el hecho de que "algo"
pueda ser o no recompensa, dependerá de la especial motivación de cada niño, la
cual puede variar de un momento a otro. No podemos esperar que la misma cosa
sirva de recompensa a en cada ocasión, ni que sea la misma que sirva para
otros niños. Pero, en general, las que hemos citado suelen tener una atracción
prácticamente universal. El elogio es particularmente interesante, porque además
sirve para reforzar la seguridad en uno mismo. el niño puede aumentar la
confianza en sus posibilidades si ve que sus comportamientos son valorados
positivamente.
Otro punto a tener en cuenta es "¿Qué
debemos recompensar exactamente? ¿Podemos cometer errores al dar una recompensa?
La respuesta es sí. Debemos examinar cuidadosamente qué estamos recompensando, y
para ello debemos ver qué es
lo que el niño considera que le recompensan. A veces creemos que estamos
educando de una manera, pero lo que estamos haciendo es recompensar justo lo
que no queremos. También aquí hemos de colocarnos en el lugar del niño.
Veamos, para entenderlo, una parábola:
"Un
pescador estaba con su bote en el río cuando le llamó la atención ver pasar una
serpiente con una rana en la boca. Apenado por la rana, agarró a la serpiente y
con sumo cuidado le retiró la rana, que aún vivía. La rana quedó feliz, pero la
serpiente temblaba de miedo. El pescador, apenado también por la serpiente, le
dio un poco de su comida y vertió un poco de vino en su boca. Ahora todo el
mundo parecía feliz: la rana, por su salvación; la serpiente por su alimento; el
pescador por su buena obra. Al cabo de un rato, el pescador oyó unos golpes en
la parte trasera de la barca: acudió allí y vio a la serpiente sonriente... con
dos ranas en la boca".
El pescador creía recompensar la
generosidad de la serpiente y esperaba que aprendiese a no cazar ranas; la
serpiente creía que lo que le recompensaban era la entrega de ranas y que, por
lo tanto, debía cazar cuantas más ranas mejor. Esta idea central "¿qué
debemos recompensar?" es la que hemos de trasladar a la forma de manejar la
conducta de el niño.
Se trata, pues, de dar atención,
afecto y elogios ante aquéllas conductas de el niño que nos interese que se
reproduzcan. Por una parte, podemos elogiar aquéllas que se produzcan
espontáneamente. Por otra parte, podemos favorecer la presentación de has
conductas, con un correcto asesoramiento. Sea como sea, en el momento en que el
niño intente actuar correctamente, ya hemos de empezar a
elogiar. Apenas lo haga bien, hemos de insistir en
nuestras conductas de recompensa.
Algunos padres se preguntan (y nos
preguntan) si tal tipo de método no puede ser considerada una manipulación de
sus hijos... algo así como un "chantaje", o como un soborno. No es así. Un
chantaje sería una amenaza de castigo a cambio de hacer o no hacer determinada
acción. Un soborno implica la promesa de una recompensa a cambio de realizar una
acción no ética. La recompensa de las acciones positivas de los hijos, mediante
el elogio o la atención, no puede ser considerada ninguna de esas dos cosas.
Por otra parte, manipulación...
siempre hay. Todos vivimos "manipulados" de una u otra forma: trabajamos porque
obtenemos una recompensa material, cumplimos algunas leyes simplemente para
evitar sanciones, etc. ¿No estamos sometidos a las "manipulaciones" de la
publicidad, o de la televisión? Desengañémonos: educar a los hijos no es
manipularlos. Es dotarlos de las pautas de conducta necesarias para que se
desenvuelvan positivamente en la vida. Lo ético o antiético serán las normas
que les inculquemos. No el hacerlo mediante técnicas de elogio.
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¿Cómo aplicar los premios
o recompensas?
Hay que tener en cuenta dos premisas
simples:
-
Dan mejor resultado los que
se aplican en el mismo momento en que se produce la acción que queremos
recompensar. Si los posponemos, ya nadie se acuerda de para qué se han
establecido. La atención y el elogio deben prodigarse en el preciso
instante en que el niño esté haciendo algo bien. En otras palabras: no es
adecuado prometer una bicicleta a un niño "si aprueba a final de curso". Es
mejor comprar la bicicleta a principio de curso, y darle "minutos de uso de
la bicicleta" como premio (a cambio) de horas de estudio comprobadas
mediante la "toma" de lecciones o el repaso de la tarea que hayan hecho
(por ej: cada 1/2 hora de trabajo eficaz, 15 minutos de bicicleta). Quien
dice bicicleta, dice programas de TV, videojuegos, ordenador o cualquier
otra actividad deseada por el niño.
-
No es necesario recompensar
cada vez. Al principio quizá sí que sea necesario, pero más adelante es
mejor recompensar de vez en cuando (cada 2, 3 ó 4 veces, sin que
el niño pueda predecir cuándo
van a hacerlo.
Creemos que el último punto citado
merece un mayor análisis:
La forma de aprender de los humanos
muestra que las recompensas "poco previsibles" provocan aprendizajes más fuertes
que las "previsibles". Si nos fijamos en las máquinas tragaperras, tendremos un
ejemplo muy ilustrativo de lo que son las leyes del aprendizaje. Hay unas
"máquinas tragaperras" que "recompensan" cada vez; por ejemplo: las máquinas
expendedoras de helados. Cada vez que alguien tira las monedas, la máquina
"recompensa" tal acción con un helado. Sin embargo la gente no hace adicciones
patológicas a este tipo de artefactos. Los ludópatas (enfermos adictos al juego)
acuden mucho más a las máquinas que dan (o no dan) recompensa en relación a
contingencias de azar. La gente juega en las tragaperras con premios en monedas,
una y otra vez, aunque pierdan (y generalmente pierden, pues por razones
estrictamente matemáticas es inexorable que todos los que jueguen pierdan si
juegan el suficiente número de veces). Vemos incluso a personas habituadas a las
tragaperras como quien se habitúa a una droga. La recompensa "por azar",
imprevisible, crea hábitos de conducta muy fuertes.
Las recompensas, al principio, deben
administrarse cada vez. A la larga, es suficiente con recompensar de vez en
cuando. Hay que seguir el mismo método psicológico de las máquinas tragaperras
(¡que es impecable!) No salen monedas de premio cada vez, sino de vez en
cuando, a veces (las más) en poca cantidad; de tarde en tarde, en gran cantidad,
siempre en forma imprevisible. Y las personas nos comportamos de acuerdo con los
dictados de quienes programaron las tragaperras, los cuales no hacen sino
aprovecharse de las férreas leyes psicológicas del aprendizaje. Aprovechemos
también esas leyes para programar el aprendizaje de nuestros hijos.
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Hay veces en que no hallamos ninguna
conducta para recompensar. En el caso de niños/as muy conflictivos nos podemos
encontrar con que la mayor parte de sus comportamientos son indebidos. Vamos a
exponer ahora la fórmula para "poner en marcha" comportamientos deseados, que
luego podremos incrementar y mantener mediante las adecuadas políticas de
recompensa.
En el momento en que un niño esté
efectuando una conducta que queremos inhibir, ya hemos visto que el castigo no
es suficientemente adecuado. Su eficacia momentánea no provoca los efectos a
largo plazo que nos interesan Lo que mejor resultado da es el establecimiento de
conductas alternativas. Parallo, deberemos informar verbalmente acerca de la no
pertinencia de la conducta indeseada (pero sin exaltarnos; gritar sería un modo
de castigo que queremos evitar).
A
continuación, deberemos dedicarnos a iniciar junto al niño/a una nueva
actividad (conducta alternativa) que le distraiga la atención de la anterior.
Apenas inicie la nueva actividad, seguiremos con las pautas de recompensa
(elogio, atención, etc.)
Este tipo de comportamiento provoca
dos ventajas: conseguir que el niño cambie de actividad, y estrechar los lazos
entre padres e hijos al obligarnos a realizar una actividad en común.
Por supuesto que ésta es una de las
conductas más fáciles de recomendar que de poner en práctica... pero su eficacia
es excelente. Si nos mentalizamos de que debemos actuar así (a pesar de nuestro
cansancio, de nuestras tensiones, de nuestra agresividad) seremos capaces de
hacerlo. Los efectos no solamente se observan en cuanto a modelar la conducta de
nuestros hijos. También estamos mejorando los canales de comunicación con ellos,
lo que producirá excelentes resultados a medio y a largo plazo.
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Mantener una adecuada política de
recompensas es uno de los métodos más adecuados para modelar la conducta de los
niños, si se hace desde el principio. ¿Cuáles serán las técnicas más adecuadas
para remodelar conductas ya existentes? Muy en especial, ¿cuáles serán las
técnicas más interesantes para evitar las conductas inadecuadas en el momento en
que se producen? ¿Como deberemos obrar para evitarnos tener que castigar? La
respuesta a estos interrogantes es: empleando las técnicas de modelación de
conductas alternativas, y las técnicas de sanción. Las analizaremos a
continuación:
Muchas veces somos preguntados acerca
de cómo conseguir que los niños aprendan normas. Para evitar el castigo, tal
como lo hemos descrito más arriba, hablaremos ahora de las técnicas de sanción.
Se trata de aplicar un tipo de sanción sobre la conducta indebida pero sin que
tenga el efecto de un castigo
(recordemos: momentáneo, desadaptador, angustiante).
Consideraremos como SANCIÓN cualquier método
para hacer que la responsabilidad y las consecuencias de un comportamiento
recaigan directa o indirectamente sobre quien efectúal comportamiento. Nos
explicaremos.
La mejor forma como los humanos
aprendemos a cumplir normas es que la responsabilidad de nuestros actos, o, lo
que es lo mismo, la consecuencia de nuestras acciones, recaiga sobre nosotros
mismos. Un ejemplo: si dejamos de trabajar sin causa justificada, veremos
disminuir nuestros ingresos, con lo que la consecuencia de dejar el trabajo
caerá sobre nosotros. Cualquier ser normal aprende rápidamente la siguiente
norma: Es necesario trabajar para sobrevivir.
Veamos otro ejemplo: Si la norma es
"Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa", la mejor forma de
hacerla aprender será que si no se lava uno las manos, no se le da de comer. En
este caso, si no se hace la conducta (lavarse las manos), la consecuencia
inevitable (no se come) recae sobre el desaseado. Con ello aprenderá
rápidamente que hay que lavarse las manos porque si no, no se come.
En este caso la aplicación de la norma
no es un castigo. No nos inventamos nada para castigar la conducta indebida (no
lavarse las manos), sino que, simplemente, invocamos la aplicación de una norma
"Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa". Más adelante veremos
las condiciones que deben cumplir las normas para ser razonables y coherentes.
El ejemplo que hemos ofrecido es
relativamente sencillo. No siempre será tan fácil como en este caso. Hay normas
que, al ser transgredidas, provocan consecuencias de forma automática. Por
ejemplo: si dejamos de comer, viene hambre; si dejamos de lavarnos la ropa,
iremos cada vez más cochinos. Estas normas son las más fáciles de aplicar,
aunque a veces nos supongan algún esfuerzo de control. Por ejemplo: un niño
aprenderá a lavarse las manos antes de comer, solamente si mantenemos en forma
recta la norma de que cuando se lave las manos, pero no antes, podrá comer. Una
norma suplementaria sería la de no comer cosas entre horas. Si el niño no puede
comer por no haberse lavado las manos, pero luego le permitimos que "pique"
cosas de la cocina o que se atiborre de pastelitos o chucherías, lo que el niño
aprendería es: "Si no me lavo las manos es formidable; en lugar de sopa me hacen
comer dulces". También aprendería: "Esta gente no sabe por donde va; es fácil
complicarles la vida y sacar ventaja de mis caprichos".
Recordemos las normas generales de los
sistemas de recompensa, y de qué manera es fácil equivocarse si recompensamos
mal o fuera de tiempo.
Otro ejemplo de norma fácil de
aplicar: la hora de irse a dormir. En principio es prudente que los niños tengan
una hora estipulada para retirarse a su cuarto y dormir. Pero, si los padres así
lo desean, pueden aplicar otra norma: los niños pueden ir a la cama cuando
quieran, si por la mañana se levantan de forma estricta cuando se les despierte.
Por ejemplo, esta norma sería razonable de aplicar en casos especiales: visita
de algún familiar, fiesta familiar, algún programa de TV especialmente
interesante para los niños.
No
estamos proponiendo que los niños se queden a ver televisión hasta que les
plazca. Los programas que ven los niños deben ser "censurados". Lo que
proponemos es que los niños se queden haciendo cosas que les distraigan, o
trabajando, o participando en un acontecimiento familiar, o, de forma
excepcional, viendo algún programa de TV adecuado para
ellos, y que decidan por
sí mismos la hora en que se acostarán para dormir.
Decimos que esta norma es fácil de
autorregular porque con la conducta de dormir pasa lo mismo que con la conducta
de comer: si no se hace, vienen más ganas de hacerla. De modo que el niño que
una noche haya dormido un menor número de horas, más sueño tendrá a la noche
siguiente. Con ello, le será fácil llegar a un equilibrio entre horas de sueño y
horas de estar despierto hasta adecuar de forma razonable las horas de ir a la
cama. La única condición (sanción): levantarse sin dilación a la hora
estipulada. En las conductas que estamos diciendo no hay grandes problemas para
"grabar" las normas, porque el mismo incumplimiento de la norma provoca la
sanción.
Este tipo de conductas, en que es
factible hacer recaer sobre los niños la consecuencia de su cumplimiento o
incumplimiento, son las más fáciles de implantar. No siempre es tan fácil, pero
pocas veces es imposible. Veamos algunas normas de conducta, y la forma de
implantarlas.
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Ejemplo:
LEVANTARSE A LA HORA.
Conseguir que un niño (o un no
tan niño) se levante a la hora en que debe hacerlo es más fácil de lo que puede
parecer en principio. Se trata de conseguir que las consecuencias de
incumplir la norma (no levantarse) recaigan sobre el personaje perezoso. ¿Cómo
hacerlo? Pues de una forma bien sencilla. No ayudándole a remediar su cachaza.
Es decir: no insistirle, ni gritarle, ni tirarle agua, etc. Dejar que se quede
en cama y que cargue con las consecuencias de retrasarse, sean estas cuales
sean. Si llega tarde a la escuela, que cargue él mismo o ella misma con las
consecuencias.
¿Y si el niño/a es relativamente
pequeño? La técnica es parecida, aunque el final es distinto. Se le llama al
niño/a una sola vez, y se le advierte que a una hora determinada deberá
salir de casa para ir al colegio, esté o no esté vestido. No se le dice nada
más. Si sigue sin levantarse, le sacaremos de la cama y le llevaremos hastal
recibidor, donde le daremos una moratoria de 5 minutos para que se ponga la
ropa. Pasados los 5 minutos, le sacaremos al rellano, esté como esté, aunque
dándole otra moratoria de 5 minutos2; pasado este tiempo, le llevamos al
descansillo de entrada del edificio, y vuelta a repetir el drama si no ha
cumplido el chico con la norma. Pero todo esto, recordemos, sin gritar, sin
poner mala cara, etc. Simplemente estamos implantando una norma y hemos de
mostrarnos rigurosos, pero no irritados. Lo más normal es que el niño/a aprenda
la norma muy rápido, y que, todo lo más, llegue desvestido al rellano de su piso
pero no más allá. Habrá pucheros o llantos el primer día, pero, muy
probablemente no habrá segundo día. Si lo hay no pasa nada. Vuelta a empezar con
lo mismo. Mano de hierro en guante de seda; sonrisa en los labios y aspecto
cordial, pero, a vestirse a la escalera.
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Es frecuente que los padres se
quejen del desorden de sus hijos, sin pensar que las normas de orden son ellos
(los padres) quienes las han inculcado. Si la cosa no funciona y los hijos
son desordenados, esto es así porque los padres no han sabido inculcar
correctamente las reglas que después anhelan. Las técnicas para inculcar orden
son muy simples. Recordemos: se trata de que las consecuencias del desorden
recaigan plenamente sobre los hijos.
Si estos son pequeños y no
ordenan, por ejemplo, sus juguetes, basta con anunciarles que se les retirarán,
durante un tiempo determinado, los juguetes que no ordenen en forma adecuada.
Algo así como un "arresto" de los juguetes no sometidos a disciplina. Por
supuesto, el segundo paso es: cumplir lo prometido, apartarles de la
circulación los enseres. Puede dárseles una última oportunidad, pero si no
cumplen, no hay que insistir. El efecto de la retirada de los instrumentos suele
ser favorable a corto o medio plazo. Especialmente si el niño que sus juguetes
van disminuyendo en forma alarmante.
Un punto complementario:
devolvámosles todos los juguetes el primer día que empiecen a ordenarlos.
Recordemos que las conductas recompensadas son las que mejor se aprenden. Si el
niño ve volver sus juguetes en el momento de mostrarse ordenado, tendrá más
motivos que antes para ordenar las cosas.
¿Qué hacer cuando los "niños/as"
son mayores? Muchas veces oímos quejas de padres y madres acerca de la falta de
orden de sus hijos universitarios, o de su falta de colaboración a las tareas de
la casa.
El primero de los casos, la
falta de orden, se trata de la forma siguiente: No ordenarles nada. Dejar que lo
hagan ellos, o que no se haga. Todo lo más, si dejan sus cosas en lugares
inapropiados, las llevaremos a su cuarto dejándolas amontonadas. Si no colaboran
(llevar la ropa sucia al lugar adecuado, hacerse la cama, asear sus
cosas...) no se las haremos nosotros. Dejaremos que su ropa quede sucia, su cama
sin hacer y el cuarto convertido paulatinamente en leonera o covacha. La única
precaución suplementaria es mantenerlo cerrado, fumigar los alrededores y no
enseñarlo a las visitas. Si no reaccionan, seguiremos sin hacer caso, sin
ordenar sus cosas, sin lavar su ropa o sin cambiar ni hacer la cama. Ya llegará
el momento en que pasen a la acción, cuando se les acabe la ropa para mudarse, o
cuando el cuarto huela a mugre. En suma, la regla de oro es: no hacerles las
cosas, dejando que, si no las hacen ellos, las consecuencias caigan sobre ellos
más pronto o más tarde. Si les ordenamos las cosas que ellos desordenan, les
estamos "recompensando" su desorden. Es como si les dijésemos: "Como que eres
tan desordenado/a, te doy el premio de ordenarte yo las cosas". No sirven de
nada los sermones, si no van acompañados de hechos concretos. No gastemos ni un
segundo en pedirles que ordenen sus cosas; dejemos que las consecuencias del
desorden caigan sobre ellos, lo que será, probablemente, la única posibilidad de
motivación.
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