Un cuadro de ansiedad es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones de peligro o estresantes. Se manifiesta a través de síntomas físicos y psicológicos, pero puede ser tratado.
La ansiedad suele definirse como "miedo sin saber de qué". En principio, es la emoción que aparece siempre que la persona se siente amenazada, sea real o no la amenaza.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales describe tres trastornos por ansiedad en la infancia y adolescencia: el trastorno por angustia de separación, el trastorno por evitación y la ansiedad excesiva (“Overanxious disorder”). En las dos primeras, la ansiedad va ligada a situaciones concretas. En la tercera la ansiedad es flotante y/o está generalizada a situaciones diversas.
Es la ansiedad que siente el niño al separarse de una persona con la que se siente vinculado. Suele aparecer cuando el niño debe desplazarse, por un viaje, una excursión,o aún por ir a jugar a casa de un amigo o acudir a la escuela. También aparece cuando son los padres quienes se desplazan, por un viaje o cualquier otra causa. El trastorno de ansiedad por evitación suele incluir ideas angustiosas en forma de fantasías catastrofistas. La sensación es que algo va a ocurrir que no permitirá ver de nuevo a los seres queridos. Es frecuente que en niños/as con tal problema, la ansiedad se generalice ante otros estímulos: presencia de animales, mención de monstruos o fantasmas, presencia de desconocidos.
Los niños más pequeños suelen presentar esta ansiedad en momentos de separación real. Los más mayorcitos pueden presentar ansiedad de anticipación ante la posibilidad de que la separación vaya a producirse (cuando se habla de un viaje, por ejemplo).
Es frecuente que tales niños manifiesten gran cantidad de miedos irracionales (a estar solos, a irse a la cama con la luz apagada, etc.) y presenten trastornos del sueño o pesadillas congruentes con sus temores. Los niños mayorcitos y los adolescentes pueden ocultar la naturaleza de su ansiedad (les avergüenza reconocer que quieren estar a lado de los padres) pero la manifiestan en forma de ansiedad aparentemente inmotivada en las situaciones concretas de separación.
Los criterios del DSM-III-R para este trastorno incluyen la angustia excesiva, durante un período de al menos dos semanas, manifestada al menos por tres de los siguientes síntomas: Preocupación exagerada y persistente por los posibles daños que puedan sufrir las personas allegadas al niño, o temor de que no regresen si se van; temor a que una catástrofe provoque la separación (por ej., un secuestro, una inundación, un accidente); negación de ir a la escuela, o resistencia a ello, con el fin de permanecer más tiempo en casa junto a las personas a las que está vinculado; idem para dormir fuera de casa; idem a estar solo; pesadillas sobre temas de separación; angustia de anticipación o quejas somáticas cuando el niño prevé una separación; quejas exageradas (ej: pataletas) cuando las personas vinculadas se ausentan.
Aparece este trastorno cuando el niño manifiesta excesiva evitación del contacto con personas desconocidas, por un periodo de al menos 6 meses. El trastorno interfiere las relaciones sociales con los compañeros. Se acompaña de una intensificación del contacto con personas conocidas (familia, parientes).
Los niños con tal trastorno suelen ser inseguros, tímidos, poco asertivos (es decir,sin capacidad para decir lo que realmente quieren decir o hacer lo que realmente quieren hacer). No es frecuente que la ansiedad por evitación aparezca como entidad aislada.Suele acompañar a los otros trastornos por ansiedad.
El curso puede ser crónico, continuándose en la edad adulta por signos de inmadurez,falta de asertividad, o incluso fobias sociales o trastornos de la personalidad por evitación.
Consiste en un exceso de ansiedad o preocupación injustificada, de más de seis meses de duración, y provocada por estímulos diversos o por temor anticipatorio a esos estímulos. Por ejemplo: el niño se preocupa angustiosamente por exámenes futuros, por visitas al médico, llegar tarde a las citas, cumplir sus obligaciones, tener accidentes,el qué dirán los demás, etc.
Pueden aparecer componentes somáticos de la ansiedad, trastornos del sueño y sensación de inquietud o tensión. Normalmente el trastorno se asocia a fobias concretas más específicas: fobia escolar, fobia social. También a conductas de inquietud motriz:tics, onicofagia, etc.
Los criterios diagnósticos requieren al menos cuatro de los siguientes síntomas:preocupación excesiva sobre acontecimientos futuros; idem sobre conductas del pasado;idem sobre la competencia personal en una o más áreas; síntomas somáticos; exagerada autoobservación; necesidad obsesiva de reafirmación en una gran variedad de situaciones;sentimiento de tensión e incapacidad para relajarse.
Es frecuente que el trastorno de ansiedad infantil se presente en niños cuyas madres también presentan trastornos por ansiedad excesiva. En estos casos es imprescindible el tratamiento familiar pues, de otra forma, los intentos de tratar al niño son desbaratados por las conductas angustiadas y angustiantes de las personas que constituyen su ambiente próximo.
Es vital que los padres no "cultiven" la ansiedad del niño, por lo que deberán ser aleccionados a evitar los beneficios secundarios que el niño puede obtener por su trastorno: atención excesiva, sobreprotección, exención de responsabilidades,compañía cuando no la necesita, etc.
Es factible el empleo de técnicas psicoterápicas para que el niño aprenda a eliminar ansiedad (por ejemplo, técnicas de relajación), o a no producirla (técnicas cognitivas). Por supuesto, cualquier escuela psicoterápica dispone de recursos para luchar contra la ansiedad del niño.
Los fármacos ansiolíticos (benzodiacepinas) debieran tener un uso muy concreto: bajar la ansiedad mientras se pone en práctica alguno de los recursos anteriormente citados. En caso contrario, el empleo del ansiolítico sin más tiene unos efectos puramente sintomáticos, que pueden remitir por completo al cesar la medicación. En nuestra experiencia el empleo de los ansiolíticos sin otras actuaciones tiene únicamente una indicación: niños de familias con muy bajo nivel cultural, que no son capaces de seguir un proceso psicoterápico de ningún tipo. En estos casos, el empleo del ansiolítico tiene la finalidad de "proteger" al niño; cuanto más tranquilo esté, menos levan a agredir (física y moralmente). En estos casos preferimos un niño consumidor habitual de benzodiacepinas, que un niño golpeado y/o inculpado a causa de su inquietud.
1. Compruebe que se trata realmente de un estado de ansiedad. Evalúe los criterios diagnósticos antes descritos. Efectúe diagnóstico diferencial con la depresión infantil: evalúe las afectaciones del estado de ánimo y la capacidad para disfrutar.
2. En casos leves, muy relacionados con ansiedad de la madre, etc., vale la pena intentar medidas ambientales tipo aconsejamiento.
3. En casos graves es pertinente recabar la ayuda del Servicio o Gabinete de Psiquiatría infantil. Los trastornos por ansiedad pueden hacerse crónicos e interferir con un correcto desarrollo de la personalidad.
Cuando una persona acude a consulta psicológica por ansiedad, ésta se siente muy asustada con una sensación de pérdida del control sobre su vida.
Es importante tranquilizarle, explicarle que padece de un problema psico-emocional, y que éste tiene solución.
La ansiedad se activa cuando el sujeto percibe un peligro. En la ansiedad patológica la persona se sitúa en un plano temporal futuro (algo que puede pasar). En consulta explico que el futuro no es una realidad, porque lo único que es real es el presente. De esta forma, el futuro se convierte en “futurible”, algo que podría ser, pero que no es. Por lo tanto, un futurible es un condicional, no un presente, en realidad no existe.
¿Por qué vamos a sufrir y a preocuparnos de algo que no está pasando? Ocupémonos del problema cuando éste exista, pero no antes! Cuando sufrimos por algo que puede pasar pero que no está pasando, estamos anticipando de forma catastrófica, dramatizamos las posibilidades, por lo que dejamos de ser realistas y nos inunda la sensación de pánico.
Para identificar la ansiedad desadaptativa siempre advierto de una trampa en la que caemos comúnmente: el “y si…”
El “y si…” es una forma terrible de anticipar problemas, de construir futuribles, que nos aterran. Por ejemplo: Ante época de exámenes, una persona responsable que ha estado estudiando, empieza a sentirse insegura y a tener miedo al día del examen. Le cuesta concentrarse, no puede dormirse y se siente angustiada. Probablemente, sus pensamientos le están jugando una mala pasada, le están tendiendo una trampa: “¿Y si no me sale?”, “¿y si suspendo?”, “¿y si me bloqueo?”… Entonces el miedo se hace más grande y domina a la persona impidiéndole pensar con racionalidad. Y aquí tenemos el problema real, la ansiedad.
Así pues, en terapia aprendemos a dirigir nuestra mente, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Identificamos las trampas del pensamiento y aprendemos a cambiarlo. El cambio también implica un entrenamiento en la autoconfianza, aprender a cultivar una actitud positiva, de respeto hacia nosotros mismos, de autoafirmación y valoración de nuestra persona. Nosotros podemos lograr lo que nos proponemos, pero para ello tenemos que saber dirigir nuestra mente, nuestros pensamientos, nuestros miedos y nuestras conductas. No podemos dejar que nos dirijan ellos, porque entonces dejamos de ser libres y de vivir nuestra propia vida.
Vivir con serenidad y bienestar es un derecho que tenemos y que debemos de hacer realidad.
Para entender de dónde viene la ansiedad tenemos que concebir la idea de que hay personas que son más vulnerables a sentir ansiedad y, por lo tanto, a padecer trastornos de ansiedad. Así pues, para dar algunas respuestas hablaremos de “vulnerabilidad” a la ansiedad. Y, como en la mayoría de los problemas psicológicos, esta vulnerabilidad tiene una parte biológica y otra de psicológica.
En resumen, la ansiedad tiene en su origen una mezcla de muchos factores, algunos biológicos, otros psicológicos, algunos generales y otros específicos de la fobia o situación temida. Esto no es matemático, un solo factor mencionado no es suficiente pero si puede ser determinante si se suma a otros factores para que una persona desarrolle un trastorno de ansiedad.
¿Qué factores físicos y químicos intervienen en nuestras respuestas de ansiedad? ¿Cómo se desencadenan y porque empiezan a fallar?
Este documental nos descubre la ansiedad como trastorno mental con una base totalmente química, existiendo un error genético que dificulta la comunicación entre las estructuras cerebrales que se encargan de regular las respuestas adaptativas al peligro.
Hoy en día es común oír expresiones del tipo “tengo mucho estrés”, “estoy agobiado” o “no paro de sufrir angustia”. Y es que la ansiedad se ha convertido en una dolencia muy común en nuestra sociedad, un mundo en el que todo cambia continua y rápidamente.
Muchas veces, lo tomamos como algo negativo, pues nadie cree que la ansiedad sea nada bueno o pueda servir para algo. La verdad es que, en su justa medida, es algo muy útil, pues nos ayuda a adaptarnos y a reaccionar delante de los peligros y a los cambios estresantes del ambiente.
De hecho, la ansiedad es un tipo de respuesta automática que tenemos los seres humanos para adaptarnos a nuestro entorno. En situaciones de mucho estrés o grandes cambios, podemos sentirla con más intensidad y nos ayuda a reaccionar ante situaciones de riesgo.
Por ejemplo, si vamos a cruzar la calle con el semáforo en rojo y de repente oímos un bocinazo, casi antes de darnos cuenta que un coche nos ha estado a punto de atropellar, nos tiramos para atrás y notamos como la ansiedad recorre todo nuestro cuerpo, como si de un azote se tratara. Las pupilas se dilatan, la adrenalina empieza a recorrer nuestras venas y se nos acelera el corazón.
De igual modo que una gacela que se encuentra a un león en la sabana africana empieza a correr, delante de un riesgo, se dispara nuestra respuesta de huida o ansiedad y nos apartamos automáticamente y todos nuestros sistemas internos se ponen en alerta.
Esta primera reacción, el primer impulso, ha sido una reacción fisiológica causada por nuestro sistema límbico, que se pone en marcha y dispara sus respuestas de alerta para protegernos. Posteriormente a esta reacción, interviene nuestro pensamiento, nuestro propio razonamiento que intenta explicarnos qué ha sucedido exactamente y da órdenes a la amígdala, situada en el cerebro primitivo, para que detenga la respuesta de ansiedad y nos relajemos.
El problema viene dado cuando la ansiedad aparece sin ningún motivo aparente o de forma desproporcionada. Por ejemplo, un día estamos tan tranquilos mirando nuestro programa favorito en el salón de nuestra casa y, de repente, empezamos a sentir el corazón acelerado. Sin saber muy bien por qué, nos ponemos nerviosos y empezamos a respirar más rápido. Se nos empieza a cerrar la garganta y empezamos a tener dificultades para respirar. Hay gente que incluso, se queda agarrotada o siente cosquilleo en las extremidades. Una serie de pensamientos empiezan a asolarnos:
¿Y si me estoy ahogando? Creo que me voy a morir. ¿Me estoy volviendo loco? ¿Y si me hago daño o daño a alguien?
No os preocupéis, lo que os está pasando no es nada grave en el fondo, aunque lo viváis como algo terrorífico. Un ataque de pánico o de ansiedad, no es algo de lo que vais a morir y, por supuesto, continuáis estando muy cuerdos, pero, se ha despertado en vosotros una respuesta brutal de ansiedad totalmente injustificada.
En estos casos, lo mejor, es intentar calmarse, respirar con una bolsa de plástico e intentar estar con alguien que nos tranquilice. Si lo preferís, podéis acudir a un centro de salud y os darán algún tranquilizante. En el peor de los casos, estos episodios no duran más de una hora o dos, pues la ansiedad tiene su límite.
Si sois de esas personas (que no hay pocas) que sufrís episodios similares a menudo, no dudéis en consultar a un especialista en la materia. Un psiquiatra o el mismo médico de cabecera, os pueden recetar medicación que normalizará vuestra situación. Los que seáis reacios a la medicación, podéis intentar consultar a un psicólogo. En muchos casos, los desajustes de las respuestas de ansiedad se pueden moderar y gestionar con un poco de terapia, técnicas de relajación o meditación.
La ansiedad se puede manifestar de tres formas diferentes: a través de síntomas fisiológicos, cognitivos y conductuales, los cuales pueden influirse unos en otros. Es decir, los síntomas cognitivos pueden exacerbar los síntomas fisiológicos y estos a su vez disparar los síntomas conductuales.
¿La ansiedad entiende de sexos? La ansiedad afecta a muchas personas sean hombres, mujeres, niños, jóvenes o mayores. Pero es verdad que existe alguna diferencia en el CÓMO afecta esta ansiedad en hombres y mujeres:
Los estudios indican que dos terceras partes o más de las personas con un diagnóstico de ansiedad son mujeres. El porcentaje de mujeres se sitúa entre el 66‑72% (2‑2,7 mujeres por cada hombre) para la Agorafobia y el Trastorno de Pánico.
¿Como se explica esta diferencia? Diferentes expertos han propuesto varias explicaciones, no necesariamente excluyentes entre sí:
Hay datos favorables de que es más probable que las mujeres admitan sus fobias. Además, al enfrentarse con estímulo temido (por ejemplo una serpiente) las mujeres muestran más una respuesta de evitación (como sería la huida), se sienten más ansiosas e informan sentir más miedo.
Las mujeres se caracterizan por un rasgo de mayor ansiedad y esto facilitaría la adquisición de miedos. Esto puede ser explicado por diferentes hipótesis:
Se ha dicho que las mujeres pueden ser particularmente vulnerables a la adquisición o agravación de miedos durante la semana premenstrual (y también durante la menopausia), debido a los cambios hormonales. También se ha sugerido que ya que las mujeres tienen menos testosterona que los hombres, y ya que esta hormona está ligada a la conducta de dominancia, los hombres pueden experimentar menos miedo o pueden aproximarse agresivamente a una situación temida en vez de evitarla.
Se ha señalado que desde un punto de vista biológico tiene sentido que las mujeres tengan más miedos que los hombres, ya que están menos capacitadas físicamente para defenderse en la naturaleza y necesitan una protección adicional durante la crianza de los hijos. De este modo, la mayor gama de miedos en las mujeres podría servir para asegurar la supervivencia de la humanidad.
Aun así, hay que tener en cuenta que aunque la diferencia entre sexos en la frecuencia de la Agorafobia puede ser más aparente que real, ya que en los varones puede ser enmascarada frecuentemente por otros factores como el abuso de alcohol, el cual se toma con el propósito de aliviar la ansiedad y soportar las situaciones temidas.
Además, todas estas explicaciones son hipótesis que buscan dar una respuesta a esta aparente diferencia entre sexos en cuanto a la ansiedad. Pero cabe destacar que los trastornos psicológicos son muy complejos y muchos factores difíciles de medir y estudiar entran en juego y, aunque los trastornos de ansiedad son de los más estudiados, aún queda un largo camino para encontrar todas las respuestas.
Se dicen muchas cosas sobre la ansiedad. Algunas son ciertas pero la mayoría de ellas son falsas y no ayudan a una mayor comprensión y aceptación de la ansiedad, sino todo lo contrario, patologizan y alimentan el miedo respecto a este trastorno.
La ansiedad de per se no es “mala”, para empezar es un estado “normal” que todo el mundo siente o ha sentido en algún momento de su vida. Aparece en situaciones estresantes o peligrosas ya que su función es preparar al cuerpo para una respuesta rápida de huida, defensa, lucha etc. Por lo tanto, la ansiedad es una reacción adaptativa y útil de nuestro cuerpo ante situaciones que exigen una especial atención o que suponen un reto como, por ejemplo, una entrevista de trabajo importante.
Esta ansiedad es buena: nos ayuda a estar alerta, a prepararnos las cosas para ir seguros y a estar pendientes de las reacciones. Si no estuviéramos nada nerviosos seguramente bajaríamos la guardia y podríamos cometer errores por estar poco alertas. Eso sí, cuando esta ansiedad es tan intensa que nos bloquea, nos hace pasarlo mal o nos hace querer evitar situaciones, ya no se considera adaptativa.
Las palpitaciones y taquicardia experimentadas durante los ataques de pánico pueden conducir a pensar que uno va a tener un ataque cardíaco. Estas reacciones son una parte normal de la respuesta de emergencia del organismo ante una situación que se considera peligrosa, debida a una activación del sistema nervioso simpático. Por lo tanto, estas reacciones son una consecuencia de una activación emocional, no de que se esté sufriendo un infarto.
Hay que saber que un ritmo cardíaco elevado no es peligroso en absoluto a no ser que alcance valores muy altos (200 pulsaciones por minuto). Así pues, los ataques de pánico no pueden dañar el corazón ya que las pulsaciones máximas oscilan entre 120-130 por minuto, una frecuencia similar a la que ocurre al hacer ejercicio moderado.
Es prácticamente imposible asfixiarse en un episodio de ansiedad, aunque las sensaciones corporales sean las mismas de cuando te estás ahogando, esto realmente no es así y se explica por el siguiente mecanismo:
En un momento de mucha ansiedad tendemos a respirar más rápidamente; esto una respuesta de alerta del cuerpo ya que se necesita más oxígeno si se va a luchar, correr, etc. Pero la mayoría de situaciones en las que tenemos ansiedad no requieren un esfuerzo físico y esto provoca un estado de hiperventilación (se respira más aire del que necesitamos). Esto provoca una sensación falsa de falta de aire.
Sin embargo, es imposible asfixiarse durante un ataque de ansiedad y los intentos de compensar la percepción de falta de aire solo aumentan esta sensación de ahogamiento. Lo que hay que hacer es respirar lo más lentamente y regularmente que se pueda, para que la sensación de ahogo vaya pasando poco a poco, a medida que uno se va tranquilizando y la respiración vuelve a ser normal.
En una crisis de ansiedad uno puede sentirse mareado, con vértigo o sensación de inestabilidad, y esto puede hacer que algunas personas tengan miedo a desmayarse o a perder el conocimiento.
Sin embargo, la probabilidad de que esto ocurra es mínima. Para que haya un desmayo se requiere que exista una bajada notable de presión arterial y un descenso del ritmo cardíaco. No obstante, cuando se experimenta una elevada ansiedad ocurre todo lo contrario ya que aumenta el ritmo cardíaco y la tensión.
El mareo es explicado por una reacción de emergencia del cuerpo, pues el corazón envía más sangre hacia los músculos (sobre todo en las extremidades, preparadas para correr o luchar) y por lo tanto hay menos sangre en el cerebro.
Pero el mareo no implica desmayo prácticamente nunca. Solo hay que responderse a esta pregunta: ¿Siempre que te mareas te acabas desmayando? También uno puede pensar en las anteriores situaciones en las que uno se ha desmayado para ver que esto ocurrió por otras causas: bajada de tensión, hipoglucemia, un virus, cambios hormonales… Y se pueden comparar también las sensaciones que precedieron este desmayo para ver que son muy diferentes de las sensaciones de un ataque de pánico.
Aun así, hay un pequeño porcentaje de gente que se desmaya en situaciones de estrés, pero esto es explicado por el Síndrome Vasovagal (regulación defectiva del Sistema Nervioso Autónomo) que solo lo padece un porcentaje muy reducido de la población.
Algunas reacciones durante los ataques de pánico pueden conducir a pensar que uno se va a volver loco. Por ejemplo: irrealidad, visión borrosa, confusión, etc. Sin embargo solo son signos de la reacción de emergencia del cuerpo en una situación considerada peligrosa y no tienen nada que ver con la locura.
En un momento de mucha ansiedad se puede llorar, gritar, temblar, pero nunca “volverse loco” pues es una cosa temporal que le puede pasar a mucha gente y nada grave que no tenga solución. Este estado no tiene nada que ver con la esquizofrenia u otros trastornos psicóticos, y es imposible desencadenar estas patologías de un ataque de pánico.
Algunas personas creen que van a perder el control durante los ataques de pánico (quedarse totalmente paralizado y no ser capaz de moverse, hacer cosas extrañas o ridículas, correr sin rumbo, gritar, proferir obscenidades, romper objetos o hacerse daño a sí mismo o a otros), pero esta creencia no corresponde con la realidad.
Cuando uno tiene un ataque de pánico no pierde el control. Aunque es posible que haya una sensación de confusión o irrealidad, siempre se conserva la capacidad de pensar y actuar con el fin de ponerse a salvo. La reacción de emergencia no produce parálisis ni va dirigida a hacer daño ni a sí mismo ni a personas que no constituyen ninguna amenaza.
Esto es simplemente falso. Aunque puede que en algún momento la ansiedad haya aparecido tras un desencadenante peligroso (un accidente de tráfico por ejemplo), la ansiedad también puede aparecer aunque no haya ninguna situación peligrosa o estresante. Por ejemplo, sensaciones corporales producidas por otra causa (por ejemplo: estrés, enfermedad, cambios hormonales, drogas, ejercicio, tabaco, fatiga, falta de sueño) pueden ser por si solos desencadenantes de un episodio de ansiedad elevada.
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