Hoy en día, es común oír expresiones como “tengo mucho estrés”, “estoy agobiado” o “no paro de sufrir angustia”. La ansiedad se ha convertido en una dolencia muy frecuente en nuestra sociedad actual, caracterizada por cambios continuos y rápidos que muchas veces nos sobrepasan.
Aunque la ansiedad es percibida generalmente como algo negativo, en realidad, en su justa medida, cumple una función muy útil: ayudarnos a adaptarnos y a reaccionar ante peligros o situaciones estresantes. De hecho, la ansiedad es una respuesta automática de nuestro organismo diseñada para protegernos frente a amenazas.
Por ejemplo, imagina que estás a punto de cruzar una calle con el semáforo en rojo y escuchas un bocinazo. Sin tiempo para procesar lo que ocurre, tu cuerpo reacciona: saltas hacia atrás y notas cómo la ansiedad recorre cada rincón de tu ser. Las pupilas se dilatan, la adrenalina invade tus venas y el corazón se acelera. Esta reacción automática, conocida como “respuesta de lucha o huida”, es activada por el sistema límbico, la región del cerebro que gestiona nuestras respuestas instintivas.
Posteriormente, nuestro pensamiento racional toma el control, procesando lo que ha ocurrido y enviando señales a la amígdala —parte del cerebro primitivo— para que detenga la reacción de ansiedad y nos permita relajarnos.
El problema surge cuando la ansiedad aparece sin una causa aparente o de forma desproporcionada. Por ejemplo, podrías estar tranquilamente viendo tu programa favorito en casa cuando, de repente, empiezas a sentir que el corazón se acelera. Sin razón aparente, te pones nervioso, respiras con dificultad, y sientes que la garganta se cierra. Algunas personas incluso experimentan sensaciones de agarrotamiento o cosquilleo en las extremidades. Estos síntomas, aunque aterradores, suelen estar acompañados de pensamientos catastrofistas como: “¿Me estoy muriendo?”, “¿Estoy perdiendo la cordura?” o “¿Voy a hacerme daño o dañar a alguien?”
Estos episodios, conocidos como ataques de pánico, no son peligrosos para tu vida, aunque pueden sentirse como si lo fueran. En realidad, se trata de una activación extrema e injustificada de tu sistema de respuesta de ansiedad.
Cuando experimentes un ataque de ansiedad, es importante recordar que:
En casos extremos, acudir a un centro de salud puede proporcionar alivio. Los médicos podrán administrar tranquilizantes u orientarte sobre cómo manejar estas situaciones.
Si los ataques de ansiedad o los síntomas asociados se convierten en un problema frecuente, es fundamental buscar ayuda profesional.
En esencia, la ansiedad no es nuestro enemigo, sino una respuesta fisiológica diseñada para protegernos. Sin embargo, cuando esta reacción se descontrola, puede interferir en nuestra calidad de vida. Por eso, entenderla y aprender a gestionarla es clave para vivir de manera más tranquila y equilibrada. Si la ansiedad está afectando tu día a día, no dudes en buscar ayuda profesional: un paso pequeño que puede marcar una gran diferencia en tu bienestar emocional.
Helena Romeu Llabrés
Psicóloga
Número colegiado 19543
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