as personas, igual que cualquier animal, hace por su voluntad solamente aquello que representa un beneficio.
Aunque parezca excesivo, es así. Es una verdad absoluta. Nos referimos a lo que se hace de acuerdo a la voluntad. No a aquello que se realiza sin querer y por causas ajenas o externas a nosotros. Por ejemplo: si alguien tropieza sin pretenderlo y cae a un abismo, lógicamente no ha caído para buscar un beneficio.
Pero si se tira voluntariamente, para suicidarse, lo hace porque el suicidio representa un beneficio para esta persona. Considera que estará mejor muerta que viva.
A veces es difícil de comprender plenamente esta afirmación, porque no hay beneficios universales, es decir, cada persona puede tener su idea de qué es un beneficio, y qué no lo es, para cada momento de su vida.
El beneficio es equiparable al placer, aunque en muy diversos grados. Un orgasmo, por ejemplo, significa una gran sensación de placer. Los adictos a la cocaína aprenden, a lo largo de su vida de adicción, que ½ gramo o 1 gramo de cocaína, les produce placer (beneficio). Un fumador obtiene beneficio con solamente 0,12 mg de nicotina, en este caso el “placer” es casi imperceptible en relación con el de la cocaína, pero no deja de representar un beneficio para el fumador adicto.
Placer y por tanto beneficio, se produce cuando se segregan una serie de neurotransmisores que excitan los “centros de placer” en el sistema límbico:
En el fondo las “drogas adictivas” son las que fabrica nuestro cerebro. Las cinco que hemos mencionado son las que más pueden adscribirse a sensaciones de placer.
Las sustancias se segregan en relación con contingencias que hemos aprendido a considerar placenteras. Cuando gozamos (por cualquier circunstancia) nuestro cerebro segrega alguna o varias “drogas del placer”.
El placer puede ser muy fuerte: un orgasmo sexual crea la descarga de dopamina más potente posible. Igual sucede con una dosis alta de cocaína (que hace que nuestro cerebro fabrique dopamina).
Pero el placer puede ser muy suave, aunque igualmente adictivo. La nicotina, por ejemplo, es una sustancia del mismo tipo que la cocaína. Los drogadictos toman la cocaína en dosis de más o menos medio gramo. La nicotina que contiene un cigarrillo difícilmente supera los 0,15 milígramos, o sea 15 centésimas de milígramo. El efecto casi no se percibe, pero es suficiente como para crear la potente adicción ligada al tabaco.
Decíamos que las sustancias internas, que son neurotransmisores, también pueden ingerirse desde fuera, o fabricarse a través de drogas:
La ingestión de esas sustancias es una especie de “cortocircuito” para el placer inmediato, con cantidad de efectos secundarios y de síntomas adictivos en relativamente poco tiempo.
La dopamina se fabrica espontáneamente en situaciones que nos generan placer. Disfrutar de una comida, de una obra de arte, o del sexo excitan la producción de dopamina en zonas cerebrales donde su acción produce activación y placer. La activación se relaciona con la capacidad para mantenerse atento y concentrado en lo que hacemos y disfrutamos.
La oxitocina se genera espontáneamente en el curso del goce sexual. Su efecto máximo se percibe en el momento antes y durante el orgasmo, creando las contracciones propias del mismo. En el momento de dar a luz se espera, provocando las contracciones con una inyección de oxitocina, que el neonato sea “expulsado” con mayor brío a través del conducto vaginal.
El éxtasis, esa droga de diseño que los adolescentes compran fácilmente en los aparcamientos de las discotecas (es más barato que una limonada) se transforma en feniletilamina, el neurotransmisor que se fabrica en nuestro cerebro cuando estamos “locamente” enamorados. Bajo el efecto del éxtasis, hasta una lámpara de diseño nos puede parecer el amor de nuestra vida.
Las endorfinas se segregan en situaciones que demandan rebajar el dolor. Por ejemplo los deportistas de élite, que entrenan al límite de su físico, fabrican gran cantidad de endorfinas; sienten el cansancio y el dolor mucho menos que personas no habituadas a tan duras experiencias. Los desgraciados que buscan el efecto de la heroína (u otros derivados de la morfina) buscan un efecto curioso consistente en una inundación de felicidad suma, en el momento de la inyección endovenosa, como un orgasmo de unos 10 minutos de duración, seguido de una gran paz y subida al séptimo cielo. La pena es que el orgasmo heroínico cada vez es más cortito y el séptimo cielo se transforma en el segundo, luego el primero y después el sótano.
Los cannabinoides se fabrican en nuestro organismo en situaciones en que se precisa relajación y apetito. Aparecen como remedio a estados de cansancio, estrés, etc. La gente que fuma derivados del cannabis, pasa por una relajación cada vez más desconectada de la realidad, pérdida total de memoria inmediata (ríen tontamente porque no saben qué han dicho ni qué van a decir) y se comportan tal que si hubieran pillado una cogorza alcohólica.
Las sustancias se segregan en relación con contingencias que hemos aprendido a considerar placenteras. Cuando gozamos (por cualquier circunstancia) nuestro cerebro segrega alguna o varias “drogas del placer”.
El placer puede ser muy fuerte: un orgasmo sexual crea la descarga de dopamina más potente posible. Igual sucede con una dosis alta de cocaína (que hace que nuestro cerebro fabrique dopamina).
Pero el placer puede ser muy suave, aunque igualmente adictivo. La nicotina, por ejemplo, es una sustancia del mismo tipo que la cocaína. Los drogadictos toman la cocaína en dosis de más o menos medio gramo. La nicotina que contiene un cigarrillo difícilmente supera los 0,15 milígramos, o sea 15 centésimas de milígramo. El efecto casi no se percibe, pero es suficiente como para crear la potente adicción ligada al tabaco.
Decíamos que las sustancias internas, que son neurotransmisores, también pueden ingerirse desde fuera, o fabricarse a través de drogas:
- La cocaína, la nicotina y la metanfetamina estimulan la secreción de dopamina.
- La oxitocina se administra a las parturientas, para provocar contracciones del parto.
- EL “éxtasis” se transforma en feniletilamina.
- Los derivados del opio (morfina, heroína, etc.) actúan como las endorfinas.
- Los derivados del cannabis actúan como cannabinoides.
La ingestión de esas sustancias es una especie de “cortocircuito” para el placer inmediato, con cantidad de efectos secundarios y de síntomas adictivos en relativamente poco tiempo.
La dopamina se fabrica espontáneamente en situaciones que nos generan placer. Disfrutar de una comida, de una obra de arte, o del sexo excitan la producción de dopamina en zonas cerebrales donde su acción produce activación y placer. La activación se relaciona con la capacidad para mantenerse atento y concentrado en lo que hacemos y disfrutamos.
La oxitocina se genera espontáneamente en el curso del goce sexual. Su efecto máximo se percibe en el momento antes y durante el orgasmo, creando las contracciones propias del mismo. En el momento de dar a luz se espera, provocando las contracciones con una inyección de oxitocina, que el neonato sea “expulsado” con mayor brío a través del conducto vaginal.
El éxtasis, esa droga de diseño que los adolescentes compran fácilmente en los aparcamientos de las discotecas (es más barato que una limonada) se transforma en feniletilamina, el neurotransmisor que se fabrica en nuestro cerebro cuando estamos “locamente” enamorados. Bajo el efecto del éxtasis, hasta una lámpara de diseño nos puede parecer el amor de nuestra vida.
Las endorfinas se segregan en situaciones que demandan rebajar el dolor. Por ejemplo los deportistas de élite, que entrenan al límite de su físico, fabrican gran cantidad de endorfinas; sienten el cansancio y el dolor mucho menos que personas no habituadas a tan duras experiencias. Los desgraciados que buscan el efecto de la heroína (u otros derivados de la morfina) buscan un efecto curioso consistente en una inundación de felicidad suma, en el momento de la inyección endovenosa, como un orgasmo de unos 10 minutos de duración, seguido de una gran paz y subida al séptimo cielo. La pena es que el orgasmo heroínico cada vez es más cortito y el séptimo cielo se transforma en el segundo, luego el primero y después el sótano.
Los cannabinoides se fabrican en nuestro organismo en situaciones en que se precisa relajación y apetito. Aparecen como remedio a estados de cansancio, estrés, etc. La gente que fuma derivados del cannabis, pasa por una relajación cada vez más desconectada de la realidad, pérdida total de memoria inmediata (ríen tontamente porque no saben qué han dicho ni qué van a decir) y se comportan tal que si hubieran pillado una cogorza alcohólica.
Beneficio es cualquier contingencia que haga que nuestro cerebro fabrique alguno de los neurotransmisores que hemos citado: dopamina, etc.
Como hemos apuntado, beneficio puede ser algo muy relevante (un orgasmo) o muy pequeño (una calada a un cigarrillo); el regalo de un coche, o una palabra de afecto.
La gente hace (hacemos) cosas que vayan a suponer un beneficio.
Si queremos que alguien haga alguna cosa, consigamos que esa cosa represente un beneficio para la persona que va a hacerla.
Es el mismo principio que se emplea para adiestrar animales. Un perro o un loro pueden aprender comportamientos insólitos: ir en bicicleta, bailar soleares, etc. Analicemos por qué un perro aprende a sentarse en el suelo en elegantes posiciones, (algo que, en principio, ningún nungún perro tendría interés en hacer de natural). Se trata de el perro aprenda cosas que, en principio, no representan ningún atractivo para los animales.
Para que les resulten atractivas, debemos hacer que, para ellos, lleguen a representar un beneficio.
Normalmente, en los animales, el “beneficio” consiste en bolitas de comida, asociadas a palabras de aliento, caricias, etc.
Veremos que los humanos, aunque más complicados que los animales, resultan tan fáciles de adiestrar como ellos… si sabemos elegir el beneficio.
No es fácil, pero se trata de insistir. Por ejemplo en el caso del perro, se le da la orden para sentarse y, al tiempo, se tira de la correa hacia arriba (cuello arriba) mientas se le pone un dedo firmemente en la parte posterior del lomo, cerca de la cola, y e aprieta con firmeza hacia abajo.
El perro se sienta, más o menos, pero sí o sí. No htiene más remedio. Hasta ahora, ningun beneficio. Más bien le estamos fastidiando la vida.
Pero si en el mismo momento en que se sienta se le da un premio (bolita de comida) mientras se le dicen frases de elogio (“Perro bueno” “Muy bien”) con sonrisas y voz de cariño, en pocas veces aprenderá que la orden de sentarse, si es cumplida, le reporta comida y palabras que (al ir con la comida) él interpreta como agradables.
Le estamos enseñando a sentarse, a reconocer la orden para hacerlo y a reconocer como beneficios las palabras de aliento. Con el tiempo, las palabras y los mimos serán mejores beneficios que la comida. Los perros son muy sentimentales.
La gente hace (hacemos) cosas que vayan a suponer un beneficio.
Si queremos que alguien haga alguna cosa, consigamos que esa cosa represente un beneficio para la persona que va a hacerla.
Es el mismo principio que se emplea para adiestrar animales. Un perro o un loro pueden aprender comportamientos insólitos: ir en bicicleta, bailar soleares, etc. Analicemos por qué un perro aprende a sentarse en el suelo en elegantes posiciones, (algo que, en principio, ningún nungún perro tendría interés en hacer de natural). Se trata de el perro aprenda cosas que, en principio, no representan ningún atractivo para los animales.
Para que les resulten atractivas, debemos hacer que, para ellos, lleguen a representar un beneficio.
Normalmente, en los animales, el “beneficio” consiste en bolitas de comida, asociadas a palabras de aliento, caricias, etc.
Veremos que los humanos, aunque más complicados que los animales, resultan tan fáciles de adiestrar como ellos… si sabemos elegir el beneficio.
No es fácil, pero se trata de insistir. Por ejemplo en el caso del perro, se le da la orden para sentarse y, al tiempo, se tira de la correa hacia arriba (cuello arriba) mientas se le pone un dedo firmemente en la parte posterior del lomo, cerca de la cola, y e aprieta con firmeza hacia abajo.
El perro se sienta, más o menos, pero sí o sí. No htiene más remedio. Hasta ahora, ningun beneficio. Más bien le estamos fastidiando la vida.
Pero si en el mismo momento en que se sienta se le da un premio (bolita de comida) mientras se le dicen frases de elogio (“Perro bueno” “Muy bien”) con sonrisas y voz de cariño, en pocas veces aprenderá que la orden de sentarse, si es cumplida, le reporta comida y palabras que (al ir con la comida) él interpreta como agradables.
Le estamos enseñando a sentarse, a reconocer la orden para hacerlo y a reconocer como beneficios las palabras de aliento. Con el tiempo, las palabras y los mimos serán mejores beneficios que la comida. Los perros son muy sentimentales.
No daremos bolitas de comida a las personas; no hace falta. De hecho los humanos son un poco más latosos que los perros, pero es fácil encontarles la fibra sensible.
Son innumerables las recompensas. Veamos las que resultan muy manejables en los procesos de adiestramiento humano.
No todo el mundo considera como beneficios las mismas cosas. Un devoto musulmán es probable que no considere la cerveza como un agradable obsequio una tarde veraniega de Ramadán. Un diabético protestará si pretendamos darle terrones de azúcar. Un impotente sexual, un eunuco, o una persona entregada a la castidad, encontrará poco atractivas las ofertas para participar en orgías.
Son, sin duda, los más poderosos. Los que actúan en la mayor parte de las personas, y que podemos ilustrar bien si analizamos los procesos de educación (adiestramiento) de personas, son los siguientes:
Es difícil equivocarse al impartir como beneficios el afecto o los elogios.
Difícilmente diremos “Te quiero mucho” o “Muy bien” (afecto y elogio) a un niño que está incendiando las cortinas.
Pero al dar atención o al dar poder, sí que es fácil errar si los aplicamos a conductas inadecuadas. Por ejemplo:
Prestar mucha más atención a los niños cuando se portan mal que cuando se portan bien.
"Perder los estribos” con un niño, en acciones como gritarle, pegarle, etc. es darle poder. Le demostramos que él, con su conducta mala, nos hace perder el control, y (sin darnos cuenta) le recompensamos con “poder”. Él es quién “domina la situación” y manda sobre nuestros nervios.
Queriendo “castigarle”, le estamos dando un beneficio, un premio.
La atención y el poder son beneficios que, sin querer, muchas veces se dan a los niños, o a los adultos, que se están comportando mal, de acuerdo a nuestros valores.
El niño que monta una zapatiesta con la finalidad se salirse con la suya, o simplemente, para ser el protagonista, obtiene su beneficio si le damos lo que quiere (para que calle) o le convertimos en el centro dela tragicomedia aunque sea para gritarle o pegarle unas tortas.
Si los padres pierden los estribos y entran en estado de histeria, los niños obtienen poder. Son ELLOS quienes han conseguido descentrar a los padres y ser los dueños de la situación (aunque reciban un “castigo”, que es el precio que pagan gustosos por seguir jodiendo la marrana)
A partir de ahora hablaremos de refuerzos, en lugar de “beneficios”. Pronto descubriremos que no son lo mismo. Refuerzo es el término que explica mejor el proceso. Hay dos tipos de refuerzos:
Aumenta la frecuencia de presentación de una conducta, desde el mismo momento en que empieza a actuar
Lo que, en el lenguaje corriente, llamamos recompensas (o beneficios) son un buen ejemplo de refuerzos positivos.
CUIDADO: algunos “castigos” (que nunca denominaríamos “beneficios”)pueden ser, para el niño, refuerzos positivos (recordemos: atención, poder).
Aumenta la frecuencia de presentación de una conducta CUANDO DEJA DE ACTUAR.
Si amenazamos a alguien, por ejemplo diciéndole que le dispararemos si se mueve, es probable que no se mueva mientras le apuntamos con el arma.
Pero, seguramente, se moverá (y mucho) cuando dejemos de hacerlo. O sea que:
Hay dos actos que deben hacerse combinados:
Las conductas que suponen un castigo son empleadas muy frecuentemente por todos los padres del mundo a la hora de educar a sus hijos.
Entenderemos como castigo cualquier acción que implique mostrar descontento con los comportamientos de alguien. Por lo tanto cuando hablamos de castigo no nos referimos necesariamente a los castigos físicos. De hecho son muy numerosas las conductas que entran dentro de la categoría de actos de castigo. Los castigos más habituales son los que suponen una descarga momentánea: gritar, reñir, inculpar, poner mala cara, etc.
Recordemos que los “castigos” representan siempre una de las dos cualidades de refuerzo:
El “miedo al castigo” puede funcionar si el castigo deja mucha huella. Funcionará como “refuerzo negativo” frenando la conducta mientras dure el miedo o la ansiedad. La incrementará cuando deje de actuar.
Puede ser un refuerzo positivo, a pesar de nuestras intenciones. Si la persona lo interpreta como “atención” o “poder”, es como si le estuviéramos asignando un premio.
Solamente tiene un efecto pasajero si actúa como beneficio negativo. La conducta castigada reaparecerá.
Se corrompe la relación entre la persona que castiga y la persona castigada.
Como que los padres notan que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, se sienten "recompensados" y tienden a castigar... cada vez más, y cada vez con mayor energía, pero con igual inutilidad en cuanto a resultados a medio o largo plazo.
La persona castigada aprende con facilidad a “evitar el castigo”, lo que implica (las más de las veces) que aprenderá a hacer lo mismo… sin que se note.
De la misma forma, el niño va haciéndose insensible a los castigos (como un mecanismo de defensa ante ellos). ¡Cuántos padres comentan que el niño parece tomar a broma los castigos! Y no es que el niño los tome exactamente a broma, sino que intenta demostrar a quienes le castigan que por ahí no van las cosas
Sean o no físicos los castigos, estamos induciendo un aumento de la agresividad de los niños. Les damos un ejemplo de que "cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él" lo cual provocará indudables derivaciones indeseables.
Sean o no físicos los castigos, estamos induciendo un aumento de la agresividad de los niños. Les damos un ejemplo de que "cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él" lo cual provocará indudables derivaciones indeseables.
Se trata de aumentar la autovaloración del niño, para lo cual hemos de evitar todas las actuaciones que disminuyan la autoestima. La confianza que alguien puede poseer en sí mismo se aprende a través del reflejo de la confianza que percibe en los demás. Si recibe con mayor o menor frecuencia "mensajes" de tipo culpante, aumenta su inclinación a desvalorarse y, en consecuencia, aumenta su ansiedad y disminuye aún más su rendimiento.
- Culpabilidad directa: Nos referimos a frases del tipo de "Eres un desastre", "Todo lo haces mal", "Ya estamos otra vez con lo mismo", "No serás nada en esta vida", "Pareces más pequeño de lo que eres", etc.
- Culpabilidad indirecta: Son las frases de doble sentido destinadas a crear sensación de culpa. Ejemplos: "Avergüénzate cuando haces cosas mal" (mejor sería enseñarle a aceptar las consecuencias de sus acciones, buenas o malas). "Estás disgustándonos", "Ya encontrarás lo que mereces", etc.
- Culpabilidad paradójica: Se produce en aquellos casos en que aparentemente, estamos elogiando pero sin dejar de efectuar referencias secundarias de tipo culpante. Por ejemplo, si decimos: “Lo ves como puedes hacerlo cuando quieres", estamos indicando veladamente que "si no lo haces es porque no quieres".
Debemos darle toda clase de explicaciones, en forma clara y concreta. Para evitar las actitudes de sobreprotección, debemos limitarnos a dar información verbal.
- INSTARLE A ACTUAR POR SU CUENTA Y A ACEPTAR EL RIESGO. Una vez dada toda la información, se trata de que el niño actúe. Para ello debemos darle ánimos, mostrándole nuestra confianza en sus posibilidades.
- Al mismo tiempo hemos de ofrecerle una vía de escape, para el caso en que no logre superar la prueba con éxito. Es frecuente que eduquemos a los niños/as con una meta clara: el éxito, al tiempo que les inculcamos que deben evitar el fracaso, porque el fracaso es el peor de los males. Pero no olvidemos que, en esta vida, el fracaso es tan frecuente (o más) que el éxito, y que por cada cosa que nos salga bien nos van a salir otras mal.
- Lo importante es analizar los fracasos para corregirlos de cara al futuro. Pero para ello es necesario no quedar superado por ellos. Debemos mostrar nuestro interés en el esfuerzo más que en el resultado. Debemos "apretar" al niño para que la conducta sea, al menos, intentada. Y de paso que sepa que, "si no lo logra, no pasa nada; o al menos, nada que no tenga remedio".
- PRODIGAR ELOGIOS APENAS HAGA ALGO BIEN, aunque sea por casualidad. Queremos hijos autónomos, que tomen decisiones por su cuenta y que sepan responder adecuadamente a las demandas que la vida les plantea. En cambio, castigamos sus iniciativas si no están de acuerdo con nuestra particular manera de ver la vida; les reñimos si hacen cosas sin consultarnos o si actúan sin pedirnos permiso. ¿La consecuencia? Que nuestros hijos prefieren ser dependientes porque les supone mucho menor riesgo.
- Apenas muestre su interés por el esfuerzo y, en general, en todas las ocasiones en que muestre conductas satisfactorias, debemos mostrar nuestra conformidad mediante el elogio .No se trata de exagerar despertando su vanidad.
- Para conseguir mejorar su autoestima y su conciencia de capacidad, con frases como "Muy bien“. "Perfecto“."Has sido muy amable", etc., tenemos más que suficiente.
- Queremos que nuestros hijos tengan ilusión por hacer los trabajos escolares y que no tengamos que acuciarles para que estudien, hagan sus problemas... etc. En cambio, no comprobamos fehacientemente la pertinencia de los planes de estudios a que están sometidos, ni la capacitación de los docentes que los imparten. ¿El resultado? Una tasa de FRACASO ESCOLAR que se halla entre las más altas del mundo.
- Queremos que nuestros hijos no lloren, ni griten, ni hagan pataletas, ni se pongan tozudos cuando quieren salirse con la suya en un tema que no es de recibo. En cambio, acostumbramos a darles lo que quieren "para que se callen y nos dejen tranquilos". ¿El resultado? Los niños cada vez gritan más, lloran más y patalean más, porque aprenden que es un método interesante para llegar a salirse con la suya.
- Queremos unos hijos autoafirmados, seguros de sí mismos, satisfechos, audaces. Pero les recordamos constantemente que son unos pesados, que nos molestan, que por su culpa estamos todos nerviosos, que deben consultar antes de hacer algo, que no hay que correr riesgos, que los niños deben hacer únicamente lo que mandan los mayores, que deben callarse cuando los mayores hablan. En consecuencia obtenemos niños dependientes, con dificultades para afrontar problemas o para poner en marcha sus propios recursos.
- Queremos que sean independientes, pero les acostumbramos a esperar la aprobación de los demás y les exigimos que su comportamiento sea tal que todo el mundo les quiera. El resultado es que conseguimos unos hijos dependientes, pasivos, que no se atreven a hacer nada si no tienen toda la seguridad de que van a hacerlo bien.
- Queremos que nuestros hijos emprendan cosas, afronten obstáculos, se esfuercen por luchar. En cambio premiamos únicamente el éxito y les exigimos perfección en todo aquello que hagan sin pensar que el fracaso es algo inherente a la naturaleza humana, y que es imposible ser irremisiblemente perfecto. El resultado es una mala tolerancia a las frustraciones y poca capacidad para tomar decisiones o para asumir riesgos.
- Exigimos mejores resultados, pero no controlamos el trabajo diario con una política de objetivos. Prometemos al niño un premio si "aprueba a final de curso", pero no comprobamos los resultados de sus esfuerzos diarios, recompensándolos debidamente.
- Demandamos un ambiente de armonía entre nuestros hijos, pero "prestamos atención" (es decir, recompensamos) a los que chillan más para pedir cosas o a los que se muestran más celosos, de acuerdo con el principio de que "quien no llora no mama".
- Exigimos un trabajo cooperativo, pero al final alabamos a quien más se ha lucido y olvidamos a los demás.
- Aconsejamos a los niños independencia de criterios en sus trabajos, pero reprimimos a quienes osan discrepar y discutir nuestras ideas.
- SANCION es un tipo de refuerzo positivo que consiste en conseguir que la responsabilidad y las consecuencias de un comportamiento recaigan directa o indirectamente sobre quien efectúa el comportamiento. Un ejemplo: lavarse las manos.Si la norma es "Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa", la mejor forma de hacerla aprender será que cuando se lava uno las manos, se le da de comer. En este caso, si no se hace la conducta (lavarse las manos), la consecuencia inevitable (no se come) recae sobre el desaseado. Con ello aprenderá rápidamente que hay que lavarse las manos porque si no, no se come.
- En este caso la aplicación de la norma no es un castigo. No nos inventamos nada para castigar la conducta indebida (no lavarse las manos), sino que, simplemente, invocamos la aplicación de una norma "Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa".
- El ejemplo que hemos ofrecido es relativamente sencillo. No siempre será tan fácil como en este caso. Hay normas que, al ser transgredidas, provocan consecuencias de forma automática. Por ejemplo: si dejamos de comer, viene hambre; si dejamos de lavarnos la ropa, iremos cada vez más cochinos. Estas normas son las más fáciles de aplicar, aunque a veces nos supongan algún esfuerzo de control. Por ejemplo: un niño aprenderá a lavarse las manos antes de comer, solamente si mantenemos en forma recta la norma de que cuando se lave las manos, pero no antes, podrá comer.
- Otro ejemplo: levantarse a la hora.
- LEVANTARSE A LA HORA. Conseguir que un niño (o no tan niño) se levante a la hora en que debe hacerlo es más fácil de lo que puede parecer en principio. Se trata de conseguir que las consecuencias de incumplir la norma (no levantarse) recaigan sobre el personaje perezoso. ¿Cómo hacerlo? Pues de una forma bien sencilla. No ayudándole a remediar su cachaza. Es decir: no insistirle, ni gritarle, ni tirarle agua, etc. Dejar que se quede en cama y que cargue con las consecuencias de retrasarse, sean estas cuales sean. Si llega tarde a la escuela, que cargue él mismo o ella misma con las consecuencias.
- ¿Y si el niño/a es relativamente pequeño? La técnica es parecida, aunque el final es distinto.
- Se le llama al niño/a una sola vez, y se le advierte que a una hora determinada deberá salir de casa para ir al colegio, esté o no esté vestido. No se le dice nada más.
- Si sigue sin levantarse, le sacaremos de la cama y le llevaremos hasta el recibidor, donde le daremos una moratoria de 5 minutos para que se ponga la ropa.
- Pasados los 5 minutos, le sacaremos al rellano, esté como esté, aunque dándole otra moratoria de 5 minutos2; pasado este tiempo, le llevamos al descansillo de entrada del edificio, y vuelta a repetir el drama si no ha cumplido el chico con la norma.
Pero todo esto, recordemos, sin gritar, sin poner mala cara, etc. Simplemente estamos implantando una norma y hemos de mostrarnos rigurosos, pero no irritados. Lo más normal es que el niño/a aprenda la norma muy rápido, y que, todo lo más, llegue desvestido al rellano de su piso pero no más allá. Habrá pucheros o llantos el primer día, pero, muy probablemente no habrá segundo día. Si lo hay no pasa nada. Vuelta a empezar con lo mismo. Mano de hierro en guante de seda; sonrisa en los labios y aspecto cordial, pero, a vestirse a la escalera.
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