El control de nuestra posición es medido en varios lugares de nuestro cuerpo. La vista nos informa de si estamos rectos o torcidos en relación a lo que nos rodea. La tensión de los músculos, especialmente los del cuello, nos informa de si estamos torcidos o no en relación a lo que sería normal en nuestro cuerpo. El aparato vestibular, una especie de nivel de burbuja de aire que tenemos colocado detrás de los oídos, toma nota y advierte de las variaciones de posición en relación al plano horizontal y al vertical.
Cuando los tres sistemas de aviso están de acuerdo, no pasa nada. Pero si uno de ellos "engaña", el cerebro se hace un lío y pone en marcha mecanismos inadecuados de compensación.
El mareo de los viajes se produce por el exceso de movimiento que excita el aparato vestibular. Si se va en un vehículo que acelera y desacelera, y que bandea de un lado a otro, las posibilidades son mayores. La sensibilidad varía en cada persona. Las más sensibles, sin que se sepa muy bien el por qué, sufren una broma de su cerebro que, alarmado por el movimiento, da órdenes al centro del vómito del bulbo raquídeo para que desaloje violentamente el contenido gástrico.
La vomitona es precedida de bostezos, náuseas, respiración rápida, ansiedad, palidez, sudoración fría y sensación de atontamiento.
Si la persona se fija en el horizonte en movimiento, si en el vehículo hay mala ventilación (no digamos si entran gases, humo, vapores…) y si la persona está nerviosa, el ataque está asegurado.
La palabra "mareo" procede de "mar". Pero este tipo de mareo se produce también en automóviles, aviones, trenes, y por balanceo (por ejemplo, en los columpios). No existe un tratamiento eficaz, una vez sobrevenido el mareo. Lo mejor es efectuar una prevención, buscando los puntos de menor movimiento. También los medicamentos antimareo (consulte a su farmacéutico) son eficaces, tomados una hora antes del viaje y repitiendo, si conviene, en caso de viajes prolongados.
Equipo Dr. Romeu
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