Me marché de la ciudad. Con mi familia decidimos irnos a vivir a un pueblo pequeño. En el pueblo me encuentro mejor, más tranquila. Es bonito, antiguo, con verde a su alrededor. En invierno huele a chimenea, y en primavera está floreciendo regalándonos ya un poco de calor. La gente que lo habita es hospitalaria y atenta. Nos abre las puertas de sus casas y compartimos momentos con vidas ajenas, sin prisas y con interés. Nos saludamos entre desconocidos y nos apoyamos mutuamente. En la ciudad hay más oportunidades (nos continuamos trasladando a trabajar en ella), también más servicios. Sin embargo, a mí me ahoga. El gris cemento, la polución y la contaminación acústica con los ruidos del tráfico, las prisas, el humor irritable de los habitantes, el individualismo y el consumo desmesurado, el precio de la vivienda (en Barcelona la gente que vive de alquiler presenta valores más elevados en privación material, un factor que valora el riesgo de pobreza o de exclusión social), las dificultades impuestas para poder hacer un uso lúdico y social de sus plazas y otros aspectos de la gran ciudad, yo los siento demasiado hostiles. Afectan a mi ánimo, a mis comportamientos y a mi Sistema Nervioso. Porque dónde vivimos nos influye, nos afecta. Me acuerdo que siendo pequeña y andando junto a mi madre por la Diagonal de Barcelona, le transmití mi deseo de marcharme de la ciudad, le expliqué que yo necesitaba espacio, verde y tranquilidad. Desde entonces que han ido pasando los años, he ido creciendo con este anhelo. No ha sido hasta ya los 40 que he decidido marchar (los precios de las viviendas en Barcelona también ha sido un factor importante en la toma de esta decisión).A lo largo de la vida vamos tomando decisiones. Muchas de ellas tienen poca repercusión (escoger el color de un jersey) y otras tienen más. En la toma de decisiones también influye quien las toma, ya que también es cierto que hay quien duda más y otros más decididos.
Ante una elección hay una ganancia y una pérdida. En mi ejemplo, la ganancia de vivir en un pueblo es a diferentes niveles: tranquilidad, belleza, naturaleza, calidez y apoyo entre las personas, sencillez, salud…La pérdida al dejar la ciudad agrupa también diferentes aspectos: alejarme de las personas a quienes quiero, tener más dificultades en movilidad (transportes, tiempo…), el dejar de ser anónima, un sentimiento de cambio, de tambaleo en mi identidad…La pérdida producida por la renuncia la sentimos con tristeza (en diferentes grados): añoranza y pena.
El riesgo a que la decisión que hemos tomado, finalmente tenga consecuencias negativas para nosotros o no nos satisfaga (que la pérdida al final sea de mayor impacto que la ganancia), lo vivimos con miedo. Ante un riesgo sentimos miedo.En el caso que explico el mayor riesgo era el arrepentimiento. Era que nuestra hija no se adaptara satisfactoriamente, que su escuela no nos/le gustara, que la vida en el pueblo nos disgustara, que nos pesara mucho el tema de la movilidad (seguimos trabajando en Barcelona)…
Los demás significativos pueden apoyarnos en nuestra elección o pueden intentar disuadirnos (desde la visión del miedo, el riesgo). Está muy bien escucharlos si así lo queremos, pero las decisiones son propias, por lo que ellos solo nos pueden dar su visión. Ante la toma de decisiones es conveniente:
Laia Oliva Psicòloga - Psicoterapeuta
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